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La semana del perdón

20102010-04-04T13:23:12+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:23:12 +0000UTC 30, 2008

 

La iglesia, lo sabemos, va más allá de las jerarquías como la política es un asunto más serio que el que llevan a cabo los políticos. Hay gente maravillosa en todas partes: en la iglesia y en los gobiernos. Pero ahora de lo que hablamos es de la cobardía de las jerarquías de la iglesia; de sus silencios históricos ante determinados hechos en que tuvieron que dar la cara y no la dieron. Y hablo de altas jerarquías eclesiásticas que conociendo el holocausto de un pueblo, la exterminación de una raza, la tortura que se hacía en países determinados o las sangrientas carnicerías de algunos jefes de estado, se mantuvieron al margen. La iglesia lo sabía y se calló. Se calló con Hitler, con Mussolini, con Franco, con Pinochet y con Videla. Y no sólo se calló sino que, en algunos casos, a los asesinos los custodiaban bajo palio y bajo palio los entraban en la casa del Señor. Pero ahora no. Ahora no queremos silencio ni declaraciones de los representantes de la iglesia católica metiendo a Dios en el asunto, porque meter a Dios en estos asuntos es muy fuerte y querer despistarnos invocando su nombre es invocar su nombre en vano. Hablarnos de Dios para no hablar de otros asuntos más graves es demasiada hipocresía, demasiada cara dura, demasiado pensar que los corderos de este rebaño son dóciles e indefensos animales. Ya no. Porque Dios no olvida. Dios anda por ahí entre los pucheros de Santa Teresa y sabe de qué pie cojean los cocineros. Y de ellos quiere denuncias públicas; perdones públicos, castigos públicos. A Dios rogando y los delitos denunciando. Ese sería el nuevo código de una iglesia arrepentida y llena de humilde contrición que no puede esconder la cabeza, ahuecar el ala y contarnos historias peregrinas. Ahora es el momento de salir a la calle y arrodillarse delante de los hombres y decir me equivoqué, nos equivocamos, hemos cometido el peor de los pecados ante los ojos de Dios: hacer daño a sus criaturas más amadas; a los niños que hemos manoseado, violado, masturbado y obligado a realizar actos impuros. A todos ellos. Y a los que ahora son hombres y acarrean esa miseria en sus corazones; y a los que nunca pudieron volver a amar y entregarse al placer del sexo; y a los que se volvieron agresivos y a su vez violaron y humillaron y no supieron cargar con una cruz que les envenenó la vida y el alma. A todos ellos, perdón. Perdón desde lo más alto de la jerarquía eclesiástica por aquellos años de dolor y de holocausto y de palios bendecidos y de espadas bendecidas y de sangre derramada. Perdón.

                                               Elsa López

                                   Martes 30 de marzo de 2010

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La muerte de los gorriones

20102010-04-04T13:21:52+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:21:52 +0000UTC 30, 2008

 

Miro el mundo. De arriba a abajo lo miro y parece que ya nada me asombra en él. Se especula sobre la venta de iglesias en Grecia ante la iniciativa de Alemania de ayudarlos a salir de la crisis vendiendo sus islas o sus monumentos; Rusia construirá reactores nucleares en La India; hay fallos en la reforma de Bolonia; el movimiento antiaborto languidece; siguen apareciendo pedófilos entre el clero y los educadores de gimnasios, y no hay día que no se anuncie alguna masacre o por bombas o por inundaciones o por dinero. Los periódicos levantan ampollas. No escatiman papel a la hora de publicar fotos de políticos corruptos, de empresarios desvergonzados y de redes de tráficos varios desde droga hasta cuerpos de muchachas aún sin madurar. La prensa abre sus páginas al deshonor, las hecatombes y las miserias humanas. Nadie se salva de este derrumbamiento social y cultural y presiento que todo irá a más; que algo languidece y la primavera no llega para todos con la misma alegría. Paso las páginas y leo como si lo que leyera fuera lo más natural del mundo y en ellas encuentro noticias sobre abusos, corrupciones, crímenes, inundaciones, pérdidas… Y, de pronto, en medio de tanta pesadumbre que se va volviendo ajena de tanto repetirse, de tanto revolcarse sobre su propia sombra, leo algo que me conmueve hasta lo más hondo. Es como una descarga irracional que me hace sentir mal por haberla recibido con más fuerza que las recibidas en páginas anteriores; una noticia tonta en apariencia pero terrible en el fondo: los gorriones se mueren. Los gorriones comunes (Passer domesticus) están desapareciendo de las ciudades y del campo. ¿Razones? La escasa o nula roturación de tierras, el elevado uso de plaguicidas y herbicidas, la excesiva limpieza de las calles y la competencia de las palomas que son más grandes y agresivas. Los gorriones ya no encuentran migas de pan por el suelo o mueren al comer semillas de huertos contaminados o caen bajo los efectos de los gases varios que llenan las ciudades. Ellos mueren y nosotros, como pequeños e indefensos gorriones, nos consumimos lentamente con extrañas enfermedades, con síntomas raros que tanto tienen que ver con la polución y los gases exterminadores. No lo notamos. Pensamos, llenos de vanidad y soberbia, que podremos sobrevivir a tanta basura, a tanta contaminación, a tanta locura; que nos pasamos la vida luchando por sobrevivir en una aparente limpieza y ya nadie se para a dejarnos unas migas de pan sobre los bancos de nuestro moderno, perfecto, ordenado, y siempre bien planificado mundo; que nosotros también somos así de pequeños, de comunes e indefensos y sobre nuestras cabezas revolotean millares de palomas.

                                                           Elsa López

                                               Martes 23 de marzo de 2010

Nuestra Señora de La Inocencia

20102010-04-04T13:20:35+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:20:35 +0000UTC 30, 2008

 

José Luís Pérez Navarro, en un rapto de misticismo pictórico (ya hubo otros como él en nuestras islas que pintaron santos y vírgenes atravesadas por cuchillos como Cándido Camacho, por ejemplo) decide un día pintar una virgen y elige el rostro de su madre a la que pinta con velo, toca y manto, coronada de oros y en actitud majestuosa. Inclinada la cabeza y el rostro sonriente, la Virgen sostiene a su  hijo que, sentado en las rodillas, juega con una manzana. Ella sonríe, inclina la cabeza y parece mirarnos como para darnos aliento. Pues bien, el artista, con motivo del primer aniversario de la muerte de su madre, regala el cuadro a la Capilla franciscana de La Orden Tercera donde es bendecida por el padre Julián Camino bajo la advocación de Nuestra Señora de La Inocencia, nombre de la difunta. Al ser una iglesia barroca no  había espacio para colocarla definitivamente y una amiga de la retratada sugiere que la lleven a la iglesia de San Jorge, en la Plaza de los Patos de Santa Cruz de Tenerife que estaba muy apagada  y le faltaba vida. El artista cambia el marco por otro más austero y del mismo tono que el mobiliario del  templo y el cura de San Jorge, encantado de que se la regalen, la coloca en un lateral de su iglesia. Pero el señor obispo manda quitarla de allí alegando que no es religiosa, que es un retrato de una señora humana y que le quita protagonismo al Santísimo. Bueno, que la historia acabó con los feligreses que iban a esa iglesia dolidos, el cura viejecito dolido y todo el mundo acojonado por miedo a la jerarquía. Y yo pensando en la inocencia del pintor y la inocencia de esa Virgen al pensar que podrían entronizarla por su valor intrínseco. Ambos ignoran que la iglesia bendice y entroniza a quien quiere; que vírgenes las hay a cientos y advocaciones a miles, y que los rostros que las representan pertenecieron a modelos profesionales de las escuelas y talleres de su tiempo; que hay santos con el rostro de un Papa y a nadie le importa que algunas Madonas tengan los rasgos de la mujer del pintor, del duque o del gobernador que la encargaron. La iglesia recibe el donativo, bendice a la señora y le pone un nombre. Así Dolores o Rocío o Macarena o Fátima. Vírgenes de gloria y tronío. Incluso hay arcángeles con el rostro de quien pagó las obras de restauración de un famoso templo. Que así se escribe la historia de lo sagrado; así son las arbitrarias decisiones de sus mandatarios; y así las incongruencias de una iglesia que va perdiendo la memoria.

Elsa López

Martes 16 de marzo de 2002

La esclavitud de Aznar

20102010-04-04T13:18:07+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:18:07 +0000UTC 30, 2008

 

Lo es. Esclavo de su soberbia y de su dedo que él cree invencible. Esclavo de su gesto soez y fuera de lugar. El señor Aznar debería tener el aguante y la discreción que su posición y su ex cargo le confiere. Porque si los ex cobran de nuestro dinero, deben correspondernos con la elegancia que su mantenimiento requiere. Es de cajón aprender a soportar desde un abucheo hasta una crítica contra él. No se puede montar una conferencia y si algunos de los presentes no están de acuerdo con lo que dice o representa perder el control y hacer un gesto de tan mal gusto y que tanto significado tiene entre los españoles. Antes, que yo recuerde, los tacos los decían los de izquierdas, o sea, obreros y gente machacada por la adversidad o por los patronos. Estaban en su derecho aunque el señor León Trotsky dijera que blasfemar y decir tacos era una prueba de opresión más. “El lenguaje blasfemo en nuestras clases socialmente inferiores era el resultado de la desesperación, la amargura y, sobre todo, de la esclavitud sin esperanza ni evasión. El lenguaje blasfemo en nuestras clases altas, el lenguaje que salía de las gargantas de la aristocracia y de los funcionarios, era el resultado del régimen clasista, del orgullo de los propietarios de esclavos y del poder inconmovible. Se supone que los proverbios contienen la sabiduría de las masas; los proverbios rusos, además, revelan su ignorancia y su tendencia a la superstición, así como su condición de esclavitud. “Un insulto se olvida rápidamente”, dice un proverbio ruso, demostrando que no sólo se acepta la esclavitud como un hecho, sino que se está obligado a sufrir la humillación que ella implica. Dos corrientes de la procacidad rusa –el lenguaje blasfemo de los amos, los funcionarios, los policías, grueso y rotundo; y el lenguaje blasfemo, hambriento, desesperado y atormentado de las masas– han teñido toda la vida rusa de matices despreciables.” He citado textualmente por la importancia de lo dicho y su posible aplicación en estos momentos, porque en España se insulta y blasfema cada día más: en las manifestaciones, en la televisión, en los mítines, en las asambleas parlamentarias, en las aulas… Esperancita Aguirre se desmelena y llama hijo de puta fuera de micrófono al enemigo que se le cruza en su carrera por el poder, Aznar hace el gesto surrealista y metafórico de que de den a los que se le oponen, y un tal Neira va de cámara en cámara diciendo que este país es una mierda. No salgo de mi asombro. Luego miro alrededor, digo las barbaridades que digo, recuerdo a Trotsky, y me veo condenada para siempre a la esclavitud.

                                                           Elsa López

                                               Martes 2 de febrero de 2010

Un número malo

20102010-04-04T13:12:32+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:12:32 +0000UTC 30, 2008

 

A Gerardo Díaz Ferrán le tocó un “número malo” de la lotería. Así es como calificó en su día el presidente de todos los empresarios y de la ex compañía Air Comet, el fracaso de uno de sus negocios. “Me ha tocado un número malo, qué le vamos a hacer” dijo. Y añadió que el cierre de la aerolínea le había supuesto un gran “disgusto” aunque ya se sabe que cuando se tienen muchas empresas es “como la lotería” que “si llevas muchos números, a veces te toca”. Si, ya se sabe. El hundimiento de Air Comet para él fue sólo eso: un número malo en esta lotería de la vida empresarial que consiste en tener negocios varios y, en la mayoría de los casos, cuando las ganancias no son las suficientes, dejar a miles de trabajadores en la calle y olvidarse de ellos o hacer lo imposible para que nos olvidemos de ellos y no sepamos que sigue sin pagarles los sueldos atrasados de casi un año alegando la quiebra o el derrumbamiento de la empresa. Carpetazo al asunto y a seguir jugando a la lotería empresarial. Porque al señor Díaz Ferrán le importaban poco los trabajadores. A él lo que le importaba es que la compañía tenía que cerrar porque su contabilidad sólo daba pérdidas. A él sólo le importaba que cuando el negocio que montó un día ya no le era rentable, se cerrara y adelante, a lloriquear porque no acertó con el número comprado. Para él, que tiene muchas empresas, el que una de ellas se vaya a la ruina no tiene más valor que el de un pequeño papel con unos números que pueden salir o no en el sorteo de la vida laboral. A este señor con tan mala suerte habría que explicarle (muy despacio, claro, por si anda escaso en cuestión de neuronas de comprensión o raciocinio) que eso que él llama su número de la lotería son cientos de familias víctimas de su actitud empresarial y que su comentario fue y es, todavía hoy, algo más que una frivolidad. Es, se mire por donde se mire, de muy mal gusto y yo añadiría que es, además, una falta grave de ética que atañe a los tribunales por tratarse de un ataque directo a los derechos fundamentales de los trabajadores de sus empresas al ser considerados no como seres humanos dedicados al trabajo, sino como seres abstractos convertidos en pura representación numérica. Una papeleta en los dos sentidos de la palabra: o porque los considera papel con contenido negociable o porque los ve como un asunto comprometido. En ambos casos, que sus trabajadores sepan y no olviden que no están ni metidos en el bombo.

Elsa López

                                   Martes 23 de febrero de 2010

Los bizcochones de la tía Antonia

20102010-04-04T13:11:12+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:11:12 +0000UTC 30, 2008

          

Les parecerá extraño, pero realmente de lo que quiero hablar hoy es de los bizcochones de la tía Antonia. De su sabor a naranjas, de sus granitos de anís, de la taza de aceite, del olor a ralladura de limón que inundaba el patio y llegaba a la Plaza del Planto. Y del momento cumbre cuando el horno se hacía pequeño y aquella maravilla alcanzaba alturas prodigiosas mientras ella iba de acá para allá, siempre trabajando, trabajando sin descanso, mientras el bizcochón crecía y crecía y su aroma se filtraba por las paredes de la casa hasta llegar a nuestros corazones. La tía Antonia olía a clara de huevo batida con azúcar. Olía a pelo recién lavado y a manos limpias sobre el delantal. La tía Antonia era la reserva del escuadrón familiar a la que uno acudía cuando las batallas parecían estar perdidas. Ella era el cariño sin necesidad de explicaciones. A su generosidad le sobraban las explicaciones. Te quería y te aceptaba como eras. Y contigo aceptaba lo que hacías, la gente que te acompañaba y las decisiones que tomaras. Fueran las que fueran. Cuando llegaba el verano, yo volvía a La Palma, a la abuela, al Planto, a los amigos de la infancia y a la tía Antonia y su dulce costumbre de recibirnos con los brazos abiertos, el mejor buchito de café y el trozo más grande de bizcochón que uno pudiera imaginar. Nunca sabrá lo que aquel dulce vino a significar en la vida de algunos de nosotros. Cómo la hemos recordado cuando estábamos lejos, nos faltaban el calor y la ternura y derivábamos de puerto en puerto sin hallar refugio alguno. Y cómo, en aquellos difíciles momentos, nos venía a la memoria el esponjoso dulzor de aquel postre y el significado que llegó a tener en nuestras vidas. Porque los bizcochones de la tía Antonia eran algo más que un plato de repostería: eran un claro mensaje de cariño. Ella nos daba lo mejor de sí misma en aquella espuma azucarada. Y cuando lo hacía, el dolor y la tristeza se diluían lentamente en nuestra boca. Siempre hubo un pedazo para todo el que pasara por su puerta. Sin decir una palabra. Sin necesidad de ellas. Silencioso, inexplicable, el amor de la tía Antonia. Sin aspavientos, sin ruido. Ni una palabra de más que pudiera despertar en ti la sospecha de su complicidad.  “Hola, tía Antonia”, “Adiós, tía Antonia”.Y seguías corriendo cuesta abajo con un buen trozo de cielo amarillo entre los dedos. Y atrás quedaba ella viendo cómo te alejabas. Sabiendo que te alejabas y que ibas a volver. Que, ocurriera lo que ocurriera, tú ibas a volver y ella seguiría esperándote.

Elsa López

Martes 16 de febrero de 2010

Morir español

20102010-04-04T13:09:13+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:09:13 +0000UTC 30, 2008

 

 

Allí estaba Jhon Felipe Romero Meneses muerto en acto de servicio por un país que hasta hace poco no era el suyo. Su familia emigró a España y él se vino a morir por ella. El príncipe heredero, tres capellanes, la ministra de defensa, y hasta un jefe de la oposición en primera fila. El padre de Jhon Felipe frente a frente del heredero de la corona mirando fijamente a los representantes de un país por el que su hijo ha muerto. Su rostro parece decir algo. No consigo leerlo. Frente a él, cubierto por la bandera de España, el pequeño Jhon, 21 años, sueños y esperanzas destrozadas. El dolor de la madre, el gesto indescifrable del padre, soldados, profesionales de la política, familiares, y poco más de cien personas bajo el sol y la tristeza de este miércoles de febrero. La madre lleva gafas negras y el dolor balancea su cuerpo. No parece tener dónde sujetarse. El padre repite en alto las frases del padrenuestro que estás en los cielos…La mirada es dura. La novia, la hermana, los amigos y el arzobispo castrense de Colombia se dan la paz. El Regimiento de Cazadores de Montaña del cuartel de El Bruc también se la dan mientras miran pasar el ángel exterminador que sobrevuela el cielo de Barcelona. Muchos tienen los mismos rasgos del soldado muerto. Son indios venidos de las selvas del sur americano. El padre respira hondo. Ni comulga ni se santigua. Mira el cortejo y cómo el heredero coloca la Cruz al Mérito Militar sobre el féretro junto a la gorra y el valor de Jhon Felipe Romero. Bajo los acordes de “La muerte no es el final” sus compañeros colocan la corona al pie del féretro. La madre se desencaja y el padre le aprieta la mano. 10,45 hora española (¿qué hora será allá en Colombia?). Suena el Himno de Las Tropas de Montaña. Soldados de piel oscura saludan militarmente. Llevan boina verde. Todos cantan el himno. La bandera se pliega. La familia recoge la bandera y los enseres del soldado muerto, allá en Afganistán. El padre aprieta la bandera sobre su vientre. Son españoles. Cuando el padre abraza la bandera, lo es. Cuando ella se estremece, lo es. Cuando todos se emocionan cargando el féretro, lo son. Y el cadáver que llevan en sus hombros, lo es. Nadie parece dudarlo. Lo son en el dolor y en la entrega de su hijo a este país que aún tiene dudas al empadronarlos. Era un soldado español y así se le reconoce en la muerte. Seamos justos con ellos en la vida. Que nadie lo dude cuando traten de vivir en nuestro país. Que lo sepan quienes se niegan a reconocerlo.

Elsa López

Martes 9 de febrero de 2010

La decisión de los profesionales

20102010-04-04T13:06:19+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:06:19 +0000UTC 30, 2008

 

Existen programas diseñados para hospitales, aeropuertos y ministerios, encargados de organizar y colocar las cosas en un orden preestablecido. Se ahorra tiempo y trabajadores y la máquina funciona sin interferencias emocionales. Ese es el discurso. Pero lo que poca gente sabe es que ese discurso ha sido diseñado por una sociedad con mentalidad capitalista feroz y esas máquinas son como los cerebros de los empresarios; es decir: mayor rendimiento, menos gasto y más capital para la empresa. Deciden las máquinas y, en segundo lugar, deciden los directivos colocados por la empresa y que, en la mayoría de los casos, no tienen ni idea de lo que tienen entre manos. Algunos no son conocedores de la materia que regentan, y su único cometido es meter presión a los especialistas que controlan para salvar la economía de la empresa que los ha contratado. Sean médicos, pilotos o especialistas de cualquier materia, están dirigidos por quienes atienden el negocio de su amo y exigen a los que sí son expertos cumplir determinados objetivos bien para recibir unos incentivos, bien para amasar currículum. En ambos casos, el compañerismo se pierde, el treperío (verbo trepar) aumenta, aumenta la hipocresía y se pierde el norte en las profesiones. Dígase médico-paciente, dígase piloto-pasaje. ¿Consecuencias? Muchos profesionales se preocupan más de hacer méritos que de atender a los clientes, sean enfermos, sean pasajeros y su seguridad en vuelo. Como consecuencia, el sistema deriva en contratos basura. Un médico, por ejemplo, después de seis años de carrera, uno de MIR, uno de oposiciones a nivel nacional, años de sacrificio de residente y de estar trabajando de médico adjunto o de especialista para obtener plaza fija, pasa a un contrato de tres o seis meses. Renovable. ¿Cómo se come eso? Esta claro. No interesan los profesionales, las vocaciones, la ética, la entrega o el buen hacer; interesa ver enfermos “computerizados” previamente y cuantos más, mejor; interesa cumplir objetivos de rentabilidad, no de humanidad. Tengo tanto, invierto tanto, necesito ganar tanto. Así de fácil. Las empresas estatales o privadas (tanto monta) no se andan con miramientos. Igual les da que seas un cirujano extraordinario que se dedica en cuerpo y alma a sus pacientes o que seas un piloto excepcional capaz de sortear los peligros o de evitarlos a sus pasajeros. No les interesa la decisión o el criterio de un buen profesional. Para ellas sólo cuenta el número de clientes que pasa por los quirófanos o los aeropuertos y que hacen o deshacen la rentabilidad del capital invertido. Para ellas no existen los seres humanos, sólo los números. Y su funcionamiento es igual o peor que el de las computadoras que, al fin y al cabo, son inocentes juguetes de la perversión humana.

                                               Martes 9 de marzo de 2010

Los supervivientes

20102010-04-04T13:04:24+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 13:04:24 +0000UTC 30, 2008

 

Son los que sobreviven a casi todo; los que aún viven a pesar de todo; los que nadie reconoce, pero aún caminan por las calles del mundo, por los escombros del mundo, por las anchas y destruidas avenidas del mundo, y aún sonríen a pesar de todo. Eso es lo que somos. Supervivientes. Míranos. Míranos bien. Es muy fácil localizarnos: ancianos desvalidos que vagabundean con la mirada extraviada y que pasan por delante de los escaparates sin reconocerse a sí mismos pero a los que aún les brillan los ojos. Muchachas es posición de alerta que van ligeras corriendo de acá para allá entre las paredes de lo que un día fue su casa y tienen en los brazos el balanceo gracioso de la curiosidad y la esperanza y aún extienden las manos abiertas hacia adelante en actitud de entrega o las levantan hacia arriba como si fueran a participar en una marcha gloriosa. Sin un solo grito. Hombres de piel oscura arrimados a las paredes de la ciudad recién bombardeada, recién derrumbada, recién anegada, recién muerta, y que aún permanecen sentados sobre el capó de coches ajenos arrastrados por el fango y que aún fuman y hablan entre ellos y de vez en cuando se paran para escuchar el ruido de los que se van hacia otro lugar; hombres jóvenes aún muchos de ellos que lo perdieron todo en las últimas tormentas, en el último terremoto, en la última masacre del enemigo común; hombres que aún ríen enseñando el odio que les queda entre los dientes de oro y las encías prematuramente negras. Y por las esquinas llegan los que llegan siempre por las esquinas de las fotos: los niños. Niños antiguos color sepia flotando ante nuestros ojos como si acabaran de saltar al vacío de nuestros estómagos. Ellos, los más desvalidos, los más supervivientes de todos. Negros, amarillos, blancos, dorados, son niños de ojos enormes mirando a las cámaras del mundo, Quietos, mirándonos sin reír, sin hablar, sin un gesto de resignación o de curiosidad. Se apiñan unos contra otros y nos vuelven a mirar como diciendo qué pasa ahora, dónde estamos, tú quién eres o por qué estoy aquí. Son preguntas sin hacer, sin pronunciarse. Porque los niños que sobreviven a las catástrofes de la tierra, sean del signo que sean, son niños que ya no volverán a levantar la voz para hacernos preguntas. A partir de ahora esos niños entrarán a formar parte del silencio general. La mirada de interrogación y terror ya nunca se borrará de sus ojos y a partir de ahora caminarán de nuestra mano en esa larga caravana de seres sin nombre que avanzamos juntos y que aún sobrevivimos, pese a todo.

                                                                       Elsa López

                                                           Martes 26 de enero de 2010

Dios no estaba en Haití

20102010-04-04T12:59:59+00:0030000000bSun, 04 Apr 2010 12:59:59 +0000UTC 30, 2008

 

Dada mi falta de fe y de caridad se entiende que aún esté aquí, cómodamente instalada en una silla frente al ordenador intentando recomponer los hechos que han ocupado estos días las noticias sobre el terremoto de Haití. Perfectamente en pie las dos: mi casa y yo. La muerte y la desolación se han derrumbado sobre Puerto Príncipe y las naciones más ricas muestran su dolor y su solidaridad con los habitantes de esa ciudad. Pero, ¿y ellos?, ¿dónde están ellos?, ¿dónde están los que no hace un mes rezaban y pedían por la salvación de nuestras almas condenadas al fuego eterno por pedir la legalidad del aborto o el matrimonio homosexual?, ¿dónde están esas almas piadosas que clamaban por la vida de los no nacidos y la perduración de la familia al modo tradicional? Yo no los veo. No los oigo. No los distingo entre la multitud que escarba desesperadamente entre los escombros buscando cadáveres de niños  o niños que aún viven y gritan bajo montañas de piedras o vagan desolados buscando lo que queda de su familia. Obama envía tropas, medicamentos, dólares (¡Qué desvergüenza! ¡Qué hipocresía!), España y Europa envían hombres, comida, ayuda solidaria; Japón envía hombres, alimentos, dinero y medicamentos. Oriente y occidente acuden en ayuda de Haití. El Papa envía mensajes. Sólo eso. ¿Y la Iglesia? Oraciones. Sólo eso. ¿Dónde están esos ejércitos de creyentes dispuestos a derramar su caridad y su misericordia sobre los demás? No los veo. Y yo, como Santo Tomás, necesito ver para creer. Necesito verlos allí con sus sotanas y sus cardenales togas, con sus rosarios y sus crucifijos al cuello, de rodillas, escarbando con las manos los lugares destruidos para rescatar de ese infierno la vida que aún queda. No queremos milagros ni que Dios se aparezca de nuevo para reclamar resignación y paciencia. Queremos ver al Papa y a la Guardia Suiza en Puerto Príncipe repartiendo comida, curando heridas, recogiendo cadáveres. Por el momento, Haití parece no importarle mucho al Vaticano ni a los guardianes de su iglesia que siguen preocupados por cosas totalmente ajenas para quienes reclaman comida, agua y medicamentos que les ayude a sobrevivir y salir de la pesadilla en que están sumidos. La Iglesia continúa cómodamente instalada, como yo, delante de un altar tan vacío en estos momentos como mi ordenador. Porque si hay Dios (permítanme que lo dude viendo lo que veo) de seguro que andaba lejos de Haití. Y allí, bajo las piedras, lejos del oro y las riquezas de la iglesia a la que pertenecían, unas monjitas yacen enterradas bajo el horror y la caridad bien entendida que se les vino encima. Tan solas, como siempre, en su misión y en su muerte.

Elsa López

Martes 19 de enero de 2010