Los supervivientes

 

Son los que sobreviven a casi todo; los que aún viven a pesar de todo; los que nadie reconoce, pero aún caminan por las calles del mundo, por los escombros del mundo, por las anchas y destruidas avenidas del mundo, y aún sonríen a pesar de todo. Eso es lo que somos. Supervivientes. Míranos. Míranos bien. Es muy fácil localizarnos: ancianos desvalidos que vagabundean con la mirada extraviada y que pasan por delante de los escaparates sin reconocerse a sí mismos pero a los que aún les brillan los ojos. Muchachas es posición de alerta que van ligeras corriendo de acá para allá entre las paredes de lo que un día fue su casa y tienen en los brazos el balanceo gracioso de la curiosidad y la esperanza y aún extienden las manos abiertas hacia adelante en actitud de entrega o las levantan hacia arriba como si fueran a participar en una marcha gloriosa. Sin un solo grito. Hombres de piel oscura arrimados a las paredes de la ciudad recién bombardeada, recién derrumbada, recién anegada, recién muerta, y que aún permanecen sentados sobre el capó de coches ajenos arrastrados por el fango y que aún fuman y hablan entre ellos y de vez en cuando se paran para escuchar el ruido de los que se van hacia otro lugar; hombres jóvenes aún muchos de ellos que lo perdieron todo en las últimas tormentas, en el último terremoto, en la última masacre del enemigo común; hombres que aún ríen enseñando el odio que les queda entre los dientes de oro y las encías prematuramente negras. Y por las esquinas llegan los que llegan siempre por las esquinas de las fotos: los niños. Niños antiguos color sepia flotando ante nuestros ojos como si acabaran de saltar al vacío de nuestros estómagos. Ellos, los más desvalidos, los más supervivientes de todos. Negros, amarillos, blancos, dorados, son niños de ojos enormes mirando a las cámaras del mundo, Quietos, mirándonos sin reír, sin hablar, sin un gesto de resignación o de curiosidad. Se apiñan unos contra otros y nos vuelven a mirar como diciendo qué pasa ahora, dónde estamos, tú quién eres o por qué estoy aquí. Son preguntas sin hacer, sin pronunciarse. Porque los niños que sobreviven a las catástrofes de la tierra, sean del signo que sean, son niños que ya no volverán a levantar la voz para hacernos preguntas. A partir de ahora esos niños entrarán a formar parte del silencio general. La mirada de interrogación y terror ya nunca se borrará de sus ojos y a partir de ahora caminarán de nuestra mano en esa larga caravana de seres sin nombre que avanzamos juntos y que aún sobrevivimos, pese a todo.

                                                                       Elsa López

                                                           Martes 26 de enero de 2010


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