Nuestra Señora de La Inocencia

 

José Luís Pérez Navarro, en un rapto de misticismo pictórico (ya hubo otros como él en nuestras islas que pintaron santos y vírgenes atravesadas por cuchillos como Cándido Camacho, por ejemplo) decide un día pintar una virgen y elige el rostro de su madre a la que pinta con velo, toca y manto, coronada de oros y en actitud majestuosa. Inclinada la cabeza y el rostro sonriente, la Virgen sostiene a su  hijo que, sentado en las rodillas, juega con una manzana. Ella sonríe, inclina la cabeza y parece mirarnos como para darnos aliento. Pues bien, el artista, con motivo del primer aniversario de la muerte de su madre, regala el cuadro a la Capilla franciscana de La Orden Tercera donde es bendecida por el padre Julián Camino bajo la advocación de Nuestra Señora de La Inocencia, nombre de la difunta. Al ser una iglesia barroca no  había espacio para colocarla definitivamente y una amiga de la retratada sugiere que la lleven a la iglesia de San Jorge, en la Plaza de los Patos de Santa Cruz de Tenerife que estaba muy apagada  y le faltaba vida. El artista cambia el marco por otro más austero y del mismo tono que el mobiliario del  templo y el cura de San Jorge, encantado de que se la regalen, la coloca en un lateral de su iglesia. Pero el señor obispo manda quitarla de allí alegando que no es religiosa, que es un retrato de una señora humana y que le quita protagonismo al Santísimo. Bueno, que la historia acabó con los feligreses que iban a esa iglesia dolidos, el cura viejecito dolido y todo el mundo acojonado por miedo a la jerarquía. Y yo pensando en la inocencia del pintor y la inocencia de esa Virgen al pensar que podrían entronizarla por su valor intrínseco. Ambos ignoran que la iglesia bendice y entroniza a quien quiere; que vírgenes las hay a cientos y advocaciones a miles, y que los rostros que las representan pertenecieron a modelos profesionales de las escuelas y talleres de su tiempo; que hay santos con el rostro de un Papa y a nadie le importa que algunas Madonas tengan los rasgos de la mujer del pintor, del duque o del gobernador que la encargaron. La iglesia recibe el donativo, bendice a la señora y le pone un nombre. Así Dolores o Rocío o Macarena o Fátima. Vírgenes de gloria y tronío. Incluso hay arcángeles con el rostro de quien pagó las obras de restauración de un famoso templo. Que así se escribe la historia de lo sagrado; así son las arbitrarias decisiones de sus mandatarios; y así las incongruencias de una iglesia que va perdiendo la memoria.

Elsa López

Martes 16 de marzo de 2002


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