La semana del perdón

 

La iglesia, lo sabemos, va más allá de las jerarquías como la política es un asunto más serio que el que llevan a cabo los políticos. Hay gente maravillosa en todas partes: en la iglesia y en los gobiernos. Pero ahora de lo que hablamos es de la cobardía de las jerarquías de la iglesia; de sus silencios históricos ante determinados hechos en que tuvieron que dar la cara y no la dieron. Y hablo de altas jerarquías eclesiásticas que conociendo el holocausto de un pueblo, la exterminación de una raza, la tortura que se hacía en países determinados o las sangrientas carnicerías de algunos jefes de estado, se mantuvieron al margen. La iglesia lo sabía y se calló. Se calló con Hitler, con Mussolini, con Franco, con Pinochet y con Videla. Y no sólo se calló sino que, en algunos casos, a los asesinos los custodiaban bajo palio y bajo palio los entraban en la casa del Señor. Pero ahora no. Ahora no queremos silencio ni declaraciones de los representantes de la iglesia católica metiendo a Dios en el asunto, porque meter a Dios en estos asuntos es muy fuerte y querer despistarnos invocando su nombre es invocar su nombre en vano. Hablarnos de Dios para no hablar de otros asuntos más graves es demasiada hipocresía, demasiada cara dura, demasiado pensar que los corderos de este rebaño son dóciles e indefensos animales. Ya no. Porque Dios no olvida. Dios anda por ahí entre los pucheros de Santa Teresa y sabe de qué pie cojean los cocineros. Y de ellos quiere denuncias públicas; perdones públicos, castigos públicos. A Dios rogando y los delitos denunciando. Ese sería el nuevo código de una iglesia arrepentida y llena de humilde contrición que no puede esconder la cabeza, ahuecar el ala y contarnos historias peregrinas. Ahora es el momento de salir a la calle y arrodillarse delante de los hombres y decir me equivoqué, nos equivocamos, hemos cometido el peor de los pecados ante los ojos de Dios: hacer daño a sus criaturas más amadas; a los niños que hemos manoseado, violado, masturbado y obligado a realizar actos impuros. A todos ellos. Y a los que ahora son hombres y acarrean esa miseria en sus corazones; y a los que nunca pudieron volver a amar y entregarse al placer del sexo; y a los que se volvieron agresivos y a su vez violaron y humillaron y no supieron cargar con una cruz que les envenenó la vida y el alma. A todos ellos, perdón. Perdón desde lo más alto de la jerarquía eclesiástica por aquellos años de dolor y de holocausto y de palios bendecidos y de espadas bendecidas y de sangre derramada. Perdón.

                                               Elsa López

                                   Martes 30 de marzo de 2010


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