La decisión de los profesionales

 

Existen programas diseñados para hospitales, aeropuertos y ministerios, encargados de organizar y colocar las cosas en un orden preestablecido. Se ahorra tiempo y trabajadores y la máquina funciona sin interferencias emocionales. Ese es el discurso. Pero lo que poca gente sabe es que ese discurso ha sido diseñado por una sociedad con mentalidad capitalista feroz y esas máquinas son como los cerebros de los empresarios; es decir: mayor rendimiento, menos gasto y más capital para la empresa. Deciden las máquinas y, en segundo lugar, deciden los directivos colocados por la empresa y que, en la mayoría de los casos, no tienen ni idea de lo que tienen entre manos. Algunos no son conocedores de la materia que regentan, y su único cometido es meter presión a los especialistas que controlan para salvar la economía de la empresa que los ha contratado. Sean médicos, pilotos o especialistas de cualquier materia, están dirigidos por quienes atienden el negocio de su amo y exigen a los que sí son expertos cumplir determinados objetivos bien para recibir unos incentivos, bien para amasar currículum. En ambos casos, el compañerismo se pierde, el treperío (verbo trepar) aumenta, aumenta la hipocresía y se pierde el norte en las profesiones. Dígase médico-paciente, dígase piloto-pasaje. ¿Consecuencias? Muchos profesionales se preocupan más de hacer méritos que de atender a los clientes, sean enfermos, sean pasajeros y su seguridad en vuelo. Como consecuencia, el sistema deriva en contratos basura. Un médico, por ejemplo, después de seis años de carrera, uno de MIR, uno de oposiciones a nivel nacional, años de sacrificio de residente y de estar trabajando de médico adjunto o de especialista para obtener plaza fija, pasa a un contrato de tres o seis meses. Renovable. ¿Cómo se come eso? Esta claro. No interesan los profesionales, las vocaciones, la ética, la entrega o el buen hacer; interesa ver enfermos “computerizados” previamente y cuantos más, mejor; interesa cumplir objetivos de rentabilidad, no de humanidad. Tengo tanto, invierto tanto, necesito ganar tanto. Así de fácil. Las empresas estatales o privadas (tanto monta) no se andan con miramientos. Igual les da que seas un cirujano extraordinario que se dedica en cuerpo y alma a sus pacientes o que seas un piloto excepcional capaz de sortear los peligros o de evitarlos a sus pasajeros. No les interesa la decisión o el criterio de un buen profesional. Para ellas sólo cuenta el número de clientes que pasa por los quirófanos o los aeropuertos y que hacen o deshacen la rentabilidad del capital invertido. Para ellas no existen los seres humanos, sólo los números. Y su funcionamiento es igual o peor que el de las computadoras que, al fin y al cabo, son inocentes juguetes de la perversión humana.

                                               Martes 9 de marzo de 2010


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