Los bizcochones de la tía Antonia

          

Les parecerá extraño, pero realmente de lo que quiero hablar hoy es de los bizcochones de la tía Antonia. De su sabor a naranjas, de sus granitos de anís, de la taza de aceite, del olor a ralladura de limón que inundaba el patio y llegaba a la Plaza del Planto. Y del momento cumbre cuando el horno se hacía pequeño y aquella maravilla alcanzaba alturas prodigiosas mientras ella iba de acá para allá, siempre trabajando, trabajando sin descanso, mientras el bizcochón crecía y crecía y su aroma se filtraba por las paredes de la casa hasta llegar a nuestros corazones. La tía Antonia olía a clara de huevo batida con azúcar. Olía a pelo recién lavado y a manos limpias sobre el delantal. La tía Antonia era la reserva del escuadrón familiar a la que uno acudía cuando las batallas parecían estar perdidas. Ella era el cariño sin necesidad de explicaciones. A su generosidad le sobraban las explicaciones. Te quería y te aceptaba como eras. Y contigo aceptaba lo que hacías, la gente que te acompañaba y las decisiones que tomaras. Fueran las que fueran. Cuando llegaba el verano, yo volvía a La Palma, a la abuela, al Planto, a los amigos de la infancia y a la tía Antonia y su dulce costumbre de recibirnos con los brazos abiertos, el mejor buchito de café y el trozo más grande de bizcochón que uno pudiera imaginar. Nunca sabrá lo que aquel dulce vino a significar en la vida de algunos de nosotros. Cómo la hemos recordado cuando estábamos lejos, nos faltaban el calor y la ternura y derivábamos de puerto en puerto sin hallar refugio alguno. Y cómo, en aquellos difíciles momentos, nos venía a la memoria el esponjoso dulzor de aquel postre y el significado que llegó a tener en nuestras vidas. Porque los bizcochones de la tía Antonia eran algo más que un plato de repostería: eran un claro mensaje de cariño. Ella nos daba lo mejor de sí misma en aquella espuma azucarada. Y cuando lo hacía, el dolor y la tristeza se diluían lentamente en nuestra boca. Siempre hubo un pedazo para todo el que pasara por su puerta. Sin decir una palabra. Sin necesidad de ellas. Silencioso, inexplicable, el amor de la tía Antonia. Sin aspavientos, sin ruido. Ni una palabra de más que pudiera despertar en ti la sospecha de su complicidad.  “Hola, tía Antonia”, “Adiós, tía Antonia”.Y seguías corriendo cuesta abajo con un buen trozo de cielo amarillo entre los dedos. Y atrás quedaba ella viendo cómo te alejabas. Sabiendo que te alejabas y que ibas a volver. Que, ocurriera lo que ocurriera, tú ibas a volver y ella seguiría esperándote.

Elsa López

Martes 16 de febrero de 2010


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