Dios no estaba en Haití

 

Dada mi falta de fe y de caridad se entiende que aún esté aquí, cómodamente instalada en una silla frente al ordenador intentando recomponer los hechos que han ocupado estos días las noticias sobre el terremoto de Haití. Perfectamente en pie las dos: mi casa y yo. La muerte y la desolación se han derrumbado sobre Puerto Príncipe y las naciones más ricas muestran su dolor y su solidaridad con los habitantes de esa ciudad. Pero, ¿y ellos?, ¿dónde están ellos?, ¿dónde están los que no hace un mes rezaban y pedían por la salvación de nuestras almas condenadas al fuego eterno por pedir la legalidad del aborto o el matrimonio homosexual?, ¿dónde están esas almas piadosas que clamaban por la vida de los no nacidos y la perduración de la familia al modo tradicional? Yo no los veo. No los oigo. No los distingo entre la multitud que escarba desesperadamente entre los escombros buscando cadáveres de niños  o niños que aún viven y gritan bajo montañas de piedras o vagan desolados buscando lo que queda de su familia. Obama envía tropas, medicamentos, dólares (¡Qué desvergüenza! ¡Qué hipocresía!), España y Europa envían hombres, comida, ayuda solidaria; Japón envía hombres, alimentos, dinero y medicamentos. Oriente y occidente acuden en ayuda de Haití. El Papa envía mensajes. Sólo eso. ¿Y la Iglesia? Oraciones. Sólo eso. ¿Dónde están esos ejércitos de creyentes dispuestos a derramar su caridad y su misericordia sobre los demás? No los veo. Y yo, como Santo Tomás, necesito ver para creer. Necesito verlos allí con sus sotanas y sus cardenales togas, con sus rosarios y sus crucifijos al cuello, de rodillas, escarbando con las manos los lugares destruidos para rescatar de ese infierno la vida que aún queda. No queremos milagros ni que Dios se aparezca de nuevo para reclamar resignación y paciencia. Queremos ver al Papa y a la Guardia Suiza en Puerto Príncipe repartiendo comida, curando heridas, recogiendo cadáveres. Por el momento, Haití parece no importarle mucho al Vaticano ni a los guardianes de su iglesia que siguen preocupados por cosas totalmente ajenas para quienes reclaman comida, agua y medicamentos que les ayude a sobrevivir y salir de la pesadilla en que están sumidos. La Iglesia continúa cómodamente instalada, como yo, delante de un altar tan vacío en estos momentos como mi ordenador. Porque si hay Dios (permítanme que lo dude viendo lo que veo) de seguro que andaba lejos de Haití. Y allí, bajo las piedras, lejos del oro y las riquezas de la iglesia a la que pertenecían, unas monjitas yacen enterradas bajo el horror y la caridad bien entendida que se les vino encima. Tan solas, como siempre, en su misión y en su muerte.

Elsa López

Martes 19 de enero de 2010


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