La comida de la memoria

 

El título me lo dio Félix Hormiga y hablamos ese día del olor y el sabor de las cosas de la infancia. Hablamos de cómo uno vuelve a las comidas con esa rara insistencia de lo que está pegado a nuestra memoria. Las Navidades o lo que queda de ella es una prueba más. Volvemos a comer polvorones aunque se nos claven a las encías y los dientes se revuelvan contra ellos; volvemos a las peladillas aunque estemos una hora dándoles vueltas y más vueltas hasta ablandarlas; volvemos al pavo o al cabrito aunque tengamos que tragarlos a fuerza de bebidas; y volvemos al Rosco de Reyes adulterado y lleno de cremas imposibles. Así es nuestra memoria: capaz de recibir sabores ingratos con tal de recordar aquellos días en que los polvorones eran una alegría y el Rosco de Reyes una costumbre rebosante de sorpresas. ¡Ay aquel rosco amasado en la mesa grande de la cocina y puesto al horno con sus sorpresas doradas ocultas en algún recodo de la harina casera que dejaba el olor metido en las alacenas durante días! Mis tías de Granada escondían una sorpresa de verdad, o sea, de oro puro; pequeñita la sorpresa, pero brillante y deseada por todos. Aún conservo un pequeño joyero con angelitos, corazones y farolillos que ellas envolvían y colocaban dentro del rosco. Y venían los tíos y los primos de todas partes a merendar esa tarde y a buscar en su trozo el preciado tesoro. Ellas murieron hace mil años. Todos murieron hace mil años. Hasta la Navidad ha ido perdiendo ese aire de nieve, de belenes con musgo verdadero, de reyes que avanzaban un pasito cada día acercándose al lugar del Niño Jesús para entregarnos los regalos deseados, pedidos por escrito un mes antes. Se ha convertido en un nuevo carnaval con carrozas, bellezas locales sobre tronos falsos y legionarios de Roma declarando imbecilidades a las televisiones entrometidas capaces de entrevistar durante su cabalgata a los mismísimos Reyes Magos que dan respuestas dignas de hacer despertar de su ignorancia hasta el alma más pura y que declaran cosas inverosímiles hasta para un niño por muy inocente que el niño sea. Sólo los olores que perviven en nuestra memoria nos conducen, aún, al patio y las orquídeas donde la abuela nos mentía sobre los distintos licores que iban a beber Melchor, Gaspar y Baltasar o nos distraía las últimas horas antes del anochecer del día 5 de enero con los preparativos del cubo y el agua y un buen manojo de alfalfa para los camellos mientras de la cocina salían los olores de las almendras molidas y el cabello de ángel que la tía Maruca preparaba para rellenar sus “truchas” benditas.

                                                           Elsa López

                                               Martes 12 de enero de 2010


A %d blogueros les gusta esto: