Elogio de la piratería

No está mal para empezar el año: ir a un TOP manta y comprarme un buen disco o la reproducción de “This is it” con subtítulos en ruso que es lo que nos pasa a los piratas que compramos en un TOP de esos. A los que tenemos alma de pirata no hay cosa que más nos guste que sentarnos en un ordenador y bajarnos películas y canciones de Pasión Vega que canta como los mismos ángeles. Yo soy pirata de nacimiento por parte de madre. Comerciante, discutidora, regateadora hasta dejar al vendedor exhausto, mi madre era un prodigio. Regateaba con los hausas, grandes comerciantes y una de las etnias más importantes del África occidental. Habitaban principalmente en el Sahel y en el norte y centro de Nigeria aunque a Bata llegaban de Camerún, Ghana, Costa de Marfil y Chad para regatear con mi madre. Enfrente de la casa donde vivíamos extendían sus mantas de colores y en ellas colocaban cabezas de marfil, colmillos afilados, bolsos de cuero, zapatos de serpiente y collares y platos de bronce. Era una fiesta en casa. Ella bajaba y subía las escaleras feliz con las mercancías y las iba colocando en el aparador o en la mesa del comedor. Yo miraba su ir y venir y me llegaban sus risas desde la calle como un repique por alegrías. Era un genio mi madre y manejaba la ley del comercio como nadie. Mercadillos, casetas de feria, traperas en las aceras… me transportan a aquellos días de la libre voluntad de ser o pertenecer a la venta y la compra ambulante. Ahora los grandes de la música protestan, gimen y se retuercen al ver sus rostros por el suelo y llaman “mafias” a quienes comercian con sus voces o el ritmo de sus caderas. Pero se engañan. Las casas de discos, los agentes y los comerciantes son los verdaderos piratas. Los que venden por la calle, los que se copian canciones o películas porque no tienen otro medio de verlas o escucharlas, son unos desgraciados que no tienen los euros que necesitan para poder ser felices durante unos minutos. Los piratas de la calle, como los del mar o los del interior de Castilla La Mancha, son unos genios que conocen el arte del trapicheo y viven gracias a él. A los únicos piratas de nuestro alrededor que hay que tenerles miedo son a los que nos matan a trabajar por dos duros, a los que nos secan la sangre para comprarse ellos un buen yate que los lleve a alta mar a quitarles la comida a los pescadores de ribera. De esos hay que huir siempre y robarles cuanto se pueda y cuanto esté en nuestras manos.

                                               Elsa López

                                   Martes 5 de enero de 2010


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