Desconfiar de la justicia

 

                                               Desconfiar de la justicia

No son dioses. Son jueces. Nada más. Una profesión como pueda ser la de médico o ingeniero o pedicuro, solo que con una clara diferencia: lo que ellos deciden puede cambiar nuestra vida y la vida de quienes nos rodean. También los médicos, y, si me apuran, también aquellos que nos componen los pies, porque unos callos maltratados pueden amargar la vida de todo el que vive alrededor. Ahora bien, lo de ser juez parece más importante. Ellos mismos se encargan de hacer grandes panegíricos sobre la justicia y sus distribuidores para que pensemos que son únicos, imperecederos e inmortales. Y uno va al juzgado como si fuera al cadalso: arrastrando los pies, asustado y tembloroso. Tanto si denuncias como si te denuncian, siempre te crees culpable de algo. Son ellos los que crean esa incomodidad para sentirse necesarios. Quienes hace siglos fueron la imagen del equilibrio y la virtud como ya indicaban las imágenes que difundían su buen quehacer, se han convertido en una mala estampa de esa mujer de ojos vendados para no ver y que no le influya lo que ve. Ya no corren buenos tiempos para esa fama. Ahora los ciudadanos se pregunta quién los ha colocado ahí, qué clase de oposición aprobaron, quiénes se creen para darse ese aire al margen de la sociedad que juzgan; qué los avala, qué conocimientos, qué aprendizaje, qué memoria para retener temas y leyes. Y si así fuera, ¿eso los convierte en buenos jueces? Ya no nos lo creemos. Ya sabemos que muchos se equivocan y que algunos mienten y juzgan precipitadamente. Debemos respetar la independencia de la justicia, su estupidez, no. Porque si echamos una ojeada a la prensa de un solo día podemos detectar las consecuencias de varios “errores” judiciales como la muerte de una mujer porque el juez no estimó oportuno dictar una orden de protección después de varias denuncias y de que la policía hubiese contactado con ella al menos 12 veces; o cómo uno de los traficantes de mujeres más peligrosos de Europa salió de la cárcel porque los jueces pensaron que regresaría en contra de la opinión de fiscales y de las víctimas que después de ser tatuadas con sus iniciales en el cuello, obligadas a operarse los pechos y a abortar, ahora se esconden aterradas por culpa de ese “error”. Ladrones en la calle, asesinos en nuestro portal, traficantes en nuestro vecindario y golfos con trajes de Armani y relojes de oro sentados a nuestra mesa. Ese es el resultado de tanta barbarie sin corregir, de tanto juez sobornable y de tanto compadreo en las salas de justicia. Gracias a lo cual hemos aprendido a no temerlos. Lo que ya es bastante.

Elsa López

2 de febrero de 2010


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