Vivir o morir a los 16

Debería titularse: Semana Santa, lacitos blancos y el calvario de los 16 años. Por muchas razones. Había una canción de Violeta Parra “Volver a los 17” que nos ponía los pelos de punta. En sus letras había un regusto amargo, una cierta nostalgia por aquella edad gloriosa cuando el amor nos levantaba los pies del suelo y nos hacía volar por espacios felices, irreales, luminosos. Éramos capaces de amar con todas nuestras fuerzas. El amor a ciertas edades se vive con un ímpetu y una grandeza difíciles de medir y más difíciles de explicar. A los 16 años una muchacha ama y ese amor puede conducirla a parir un hijo, a quererlo, a amamantarlo, criarlo y verlo crecer. Y si es así como funciona la vida debemos estar preparados para afrontar esa vida cuando las cosas no son como soñamos o deseamos que sean. Porque si a los 16 no llega el amor sino la violencia, el castigo, la humillación y el horror de un padre que nos secuestra y viola durante años o de un vecino que nos agrede o de un amigo que nos ensucia y afrenta y hace lo que no debe hacer con nuestro cuerpo, ya no es amor lo que nos rodea, ni vida ni nada, es pura mierda y no hay por qué parir la atrocidad o la incertidumbre. ¿Por qué dejar a esa criatura abandonada a tal ignominia? Porque eso es morir y morir lentamente. Lo demás es cuento y abanicarse con pañuelitos rojos y lacitos blancos. Si a los 16 aman y quieren ser madres, tienen el mismo derecho a no querer serlo. Si tienen edad para decidir si quieren ser madres también la tienen para decidir que no quieren. Si son adultas para unas cosas deben serlo para todo. Y si tienen edad judicial para determinados temas ¡cómo no tenerla para decidir sobre su propio cuerpo! Nadie puede hacerlo por ellas. No debemos hacerlo. Y ante eso no valen videos morbosos y cruentos en el colegio, manifestaciones con pancartas en pro de la vida que más recuerdan peticiones de muerte, y procesiones de Semana Santa con lacitos que convierten los pasos sagrados de la muerte de Cristo en arengas políticas manipuladas por los fariseos y demás guardia pretoriana más que por cristianos que recuerdan pesarosos la difícil agonía de un hombre que intentó cambiar la muerte por la vida. ¿Cómo se lo montan algunas religiones para pedir siempre más sangre? ¿Es que no han leído bien el Nuevo Testamento? Habla de amor y de vida, no de muerte. Algunos obispos deberían volver a leerlo sin saltarse un sólo párrafo. Es posible que, después de hacerlo, entiendan algo de lo que digo.


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