Van de corbata

 

Van de corbata, de uniforme, de bata de hospital, de chaqueta y condecoraciones. Dicen siempre la frase adecuada, la palabra justa, la sentencia certera. Te halagan, te sorprenden, te sonríen. Son caballerosos y atractivos. Te besan los nudillos de la mano con un ligero roce de los labios cuando eres presentada; te abren la puerta del coche y te ceden la entrada en la puerta de los restaurantes; retiran la silla de la mesa donde vas a comer para que puedas sentarte, y no dejan de tener detalles de cortesía y afecto contigo y con todos los que te rodean. Son la envidia de todas tus amigas y enemigas. Pero cuando algo va mal; cuando algo se tuerce en sus negocios, en el trabajo, en la calle, en el despacho o en el coqueto apartamento de la última querida o de la amante de turno, hay algo en él que se trastoca y se altera y se pervierte. Da un giro de ciento ochenta grados y salta hacia afuera el demonio que oculta y duerme en su corazón. Y entonces levanta la voz y la mano, te da con la puerta en las narices, te retuerce el brazo si se te ocurre pasar delante de él, y te muerde la mano que le extiendes para que la beses. En menos de un segundo se convierte en el peor de los maltratadores. Ese que nadie conoce y por esa razón nadie lo imagina capaz de tan mala baba, tan mala sangre, tan mala forma de arremeter contra aquella que hace unas horas era la mujer más halagada y mejor atendida de la tierra y de la urbanización que con tanto lujo habitan. El mismo que ahora grita, humilla, ofende y mata, hace unas horas era la persona más encantadora, civilizada y normal del mundo. Todos los amigos, parientes y vecinos lo corroboran: “era una persona tan educada, tan correcta, tan exquisita…” Si, lo era. Pero ella sabía que detrás de sus gestos, su esmerada educación y sus modales de gentilhombre estaba la bestia acechando el menor descuido de su presa para saltar sobre ella. Ella lo sabía y por eso tenía miedo y por eso conservaba la discreción, el silencio y las buenas formas de quien ha sido educada en la obediencia y en el mayor de los temores hacia los machos de su especie para no despertar en ellos la bestia que llevan dentro. La educaron para que lo aceptara tal y cómo era. “Es tu marido, hija, procura que no se altere”. Por eso nunca lo denunció y cada mañana, antes de darle el beso de despedida camino del despacho, le colocaba el nudo de la corbata.


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