Menos lutos, menos homenajes y más justicia

 

Más protección, más castigos, más persecución a los maltratadores, más aplicarles la ley a rajatabla, más condenas, más justicia contra ellos. Mucha más justicia. Eso queremos las mujeres. Y menos velas, menos ramos de flores, menos banderitas a media asta, menos manifestaciones, menos declaraciones en los medios de aquellos que no la creyeron ni la ayudaron ni la comprendieron cuando contaba sus miedos (no seas tonta, chica, eso son visiones tuyas, él no se acercará ni un metro a casa, no ves que es un gallina que sólo sabe levantarte la mano o la voz o…), menos familiares declarando lo buena que era o lo dulce o lo cariñosa que podía llegar a ser, y, por supuesto, menos plañideras en las concejalías de asuntos sociales de cada municipio, de cada cabildo, de cada gobierno autónomo, de cada gobierno central que se llenan la boca hablando de leyes, inversiones, sentencias… Menos de todo eso con que piensan van a taparnos la boca. Menos perdón (te perdono, vuelve, ¿no volverás verdad?, nos queremos, te quiero, me quieres, los niños… que no te oigan los niños ni mis padres ni el vecino…). Dejadla morir en paz. Por favor, dejadla morir en paz. Que no vengan ahora con manifestaciones y discursos sobre la violencia de género; que no le lleven velas ni relicarios ni palabras de buenas intenciones. Que se callen y la dejen en paz, por fin, bien muerta, ya, gracias al silencio de todos y de tantos. Gracias a la jueza que dejó en libertad al acusado alegando trastorno transitorio y violencia momentánea por causas justificadas. Gracias a su familia que no abrió la boca cuando fue a quejarse de su primer grito, su primer bofetón, su primera violencia. Gracias a su madre que le dijo que aguantara, que eso era normal en una pareja, que eran cosas de la vida y propio de los hombres muy hombres, que lo demás eran rarezas de afeminados que traen flores y ayudan a bañar los niños y fregar los platos; que los hombres de verdad suelen partirte la boca y el alma una vez por semana. Gracias a su padre que no fue a romperle la cara la primera vez que la vio con un ojo amoratado y bajó la cabeza y asintió cuando él le dijo que ella era una niña caprichosa y mimada y que él la metería en cintura antes de un año. Gracias a todos. Gracias. Pero ahora apaguen esas velas, retiren esas flores, arríen las banderas del ayuntamiento y vuelvan a sus casas. Ella se los agradece, de veras que sí. Ella cree en sus buenas intenciones pero, por favor, déjenla descansar, por fin, en paz.


A %d blogueros les gusta esto: