Pecho adelante, y vengan balas

 

Me gustó oírlo. Ella lo dijo para animarme cuando le conté que algunas cosas no iban del todo bien y, a veces, creía derrumbarme. Era una mujer humilde. Me apretó las manos. “Es como dicen actúan los valientes y los que nada temen”. El dicho es popular y me lo regaló una anciana de Venezuela. “Allí lo dicen mucho”. Añadió. Aquí también. Me imagino que algún descolgado de Pancho Villa o de Bolívar o de algún loco maravilloso que prefería caminar hacia adelante con la cabeza bien alta antes que dejarse abatir por cuatro gritos o cuatro atropellos o cuatro fanfarronadas de mierda de esos que pululan por plazas y mercados y que van de gallitos de pelea sacando paquete, cinturón apretado y fajos de billete en la pernera para deslumbrar al personal femenino de mechas y collares falsos y a su tropel de vasallos con lo único de interés que poseen: dinero y el poder que da el dinero o la forma de adquirirlo o, dicho de otro modo, el miedo que da quien tiene el dinero y conocemos bien la forma que tuvo de adquirirlo. A esos es a quien conviene el refranero popular: cara alzada, pecho adelante y dispara si te atreves, cabrón, que no te tengo miedo. Si. Oír a una anciana decir esas palabras en estos tiempos de mansedumbres ciudadanas lo llenan a uno de entereza. No está de más esa actitud valiente, decidida y fuera de duda. Que sepan que no les tenemos miedo. Que sepan que vamos a por ellos con la seguridad que nos da la razón y la verdad de la conciencia. Que sepan que no nos importan sus armas, sus amenazas o sus gestos de violencia. La nuestra es un arma más poderosa, si cabe. Es saber que eres más fuerte que el otro. Saber que no hay balas, ni dinero, ni poderes públicos o privados que te hagan cambiar de acera para que pasen ellos, porque ese es tu camino y el camino te pertenece. Que ya quedaron lejos aquellos tiempos en que tenías que ceder tu paso para que pasara el señorito, el amo, el empresario, el jefe, el dueño, el que manda, el que grita más o el que más ofende. La calle es mía y no cedo ni un centímetro para desfiles ni banderas ni armas de esas que ellos utilizan para impresionarnos. Somos muchos los que nada tememos. Ni a sus sicarios, ni a sus baladronadas, ni a sus emisarios de maletín y corbata. Sabemos de parte de quién está la razón. Y les guste o no les guste, la razón es nuestra. Y, además, sonrío siempre y no me cuesta un maldito duro.

 

                                                           Elsa López

                                               Martes 27 de enero de 2009


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