A la minoría, siempre

 

Así dedicaba Juan Ramón Jiménez su obra, sus conocimientos, su talento y sus versos. “A la minoría, siempre”. ¿Para qué dedicar nada a las masas perdidas hace tiempo en esa mar inmensa de confusión y mentiras? ¿Para qué dedicar tus emociones, tus palabras y razonamientos a una multitud que sólo vive para percibir lo superficial y lo inmediato? ¿Para qué o quiénes escribir o pensar o imaginarse mundos mejores donde la sabiduría y el conocimiento ocupen el lugar que merecen? La cultura es un plato que no debe servirse frío como se sirve la venganza. En caliente debe ser servida. En todo su esplendor. En toda su hermosura y en su grandeza toda. Y que la saboreen bien quienes bien la aprecien. Brindo por ella y sin chocar las copas que mi amigo Paco Castro (que es quien me ha servido la dedicatoria de Juan Ramón Jiménez) dice que es de pésima educación. Lo creo y ahora entiendo por qué mi madre no brindaba nunca y si lo hacía levantaba su copa levemente y hacía un gesto raro de rara tristeza. Probablemente porque creía en muy pocas cosas y eran muy pocas las que merecían un brindis. Así yo, en el día de hoy, brindo por esa minoría callada y silenciosa que no aparece en las listas de los personajes más relevantes de la sociedad canaria en la que nos ha tocado vivir y que, según aparecían en un periódico local hace unas semanas, llegan a ser unos doscientos. No seré yo quien escriba los otros nombres tan silenciados, tan poco conocidos por la masa que se queda con el brindis por títulos y vidas que el poder maneja a su gusto y la mayoría idolatra y luego devora como Creonte devoró a sus propios hijos. Me duele un poco no leer los nombres de Rafael Arozarena en esa lista, o el de Isaac de Vega, o el de Arturo Maccanti, por citar sólo tres arquetipos dentro del campo de la literatura que ya envidiara Pepe Benavente si alguna vez supiera quiénes son o cómo escriben. Que el imperio romano publique los nombres de sus siervos y gobernantes más famosos y silencie los nombres de Séneca o Cicerón, me parece una pasada por parte del imperio; que proclame y corone a sus gladiadores como referentes principales de la vida y la cultura romana olvidando a quienes le han dado gloria y fama gracias a sus discursos, escritos y lecciones de vida, me parece que merece un concierto de plañideras llorando a gritos frente a las principales puertas de Roma. Y si nadie las escucha, bien merece tal ciudad que la gobierne Nerón y arrase con ella definitivamente.

 

                                                           Elsa López

                                               Martes 20 de enero de 2009


A %d blogueros les gusta esto: