Contra el destino no hay quien batalle

Eso dice mi amiga Nieves de El Tablado de La Montañeta en la comarca de Garafía, al norte de mi bendita isla de La Palma tan dada al tradicional refranero popular. “¡Ay doña Elsa (dice ella con la cabeza ladeada y los ojos mirando hacia el horizonte como si el horizonte fuera la clave de todo ese misterio que nos envuelve y daña), contra el destino no hay quien batalle!”. Lo dice cuando le cuento que el 2008 no fue bueno del todo pero el 2009 vendrá lleno de alegrías sólo porque yo lo deseo así cada vez que me arrimo a alguien que quiero y le digo lo de feliz año nuevo y le deseo lo mejor para el porvenir con la fuerza que las buenas intenciones generan. Ella me mira con cierto destello de burla en los ojos; con la ternura de quien ha caminado mucho y se asombra del cansancio de los que empiezan el viaje. Y cuando le replico que todo irá a mejor si pongo empeño en que así sea, ella mueve la cabeza de nuevo pero esta vez de un lado a otro como dándome por imposible. Me quedo quieta oteando ese horizonte que ella predice cargado de nubes negras, temporales y vientos que van a arrasar con casas y rebaños. Y pienso en los seres humanos que auguran el mal de los más tristes como un castigo de los dioses inmortales. Y me digo a mí misma que no puedo estar de acuerdo, que no quiero estar de acuerdo. Y luego pienso en aquellos que luchan contra el destino y no permiten que el destino se apodere de su corazón y de su cuerpo. La lucha es dura y aprender a hacerlo es un aprendizaje difícil, pero hay quien emprende esa lucha con todas las fuerzas de su alma. ¿Quién dice que el destino puede con nosotros? Aquellos que lo temen; los que aprueban su traición y su guerra desleal. Por temor a él pueblos enteros se someten a la voluntad de un solo hombre que gobierna y destruye su voluntad y fuerza de espíritu; por culpa de esa creencia en los dioses protectores o en los dioses enemigos del hombre, la humanidad emprende cruzadas y aventuras que ya da por perdidas de antemano. Por culpa de los hados, del sino, de las cartas, de los horóscopos y los acertijos, el hombre se ha dejado llevar en brazos de algo que no es otra cosa que la propia falta de confianza en sus posibilidades en lugar de pensar en el triunfo de las batallas que aún le aguardan, en el paso de las tormentas, y en la calma que vendrá después.

 

                                                           Elsa López

                                               Martes 30 de diciembre de 2008


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