Las navidades de Alba

Se llama Alba pero podía llamarse Lucía o Teresa o Yaiza o Macarena. Son más que nombres. Son datos a señalar en unas fiestas a cumplir enmarcadas en rojo en un calendario universal. Porque ellas son niñas sin fiestas ni regalos ni árboles donde quedarse extasiadas contemplando el mundo. Nada me hace feliz después de Alba. Tampoco eran repiques de campanas antes de ella, pero siempre había una ranura por donde colar el silencio, el engaño, el dar la espalda, el no querer saber… Hoy miro hacia adelante y les deseo a todos una Navidad con los brazos abiertos y el cuerpo preparado para saltar como una fiera sobre todos aquellos que corrompen, destrozan, pervierten y asesinan a las Albas del mundo. Canten, rían, coman turrones envueltos en papel de plata, salgan a la calle y hagan retumbar las panderetas y las campanillas, si, se que lo van a hacer, y yo me alegro por ello, que a veces hay que esconderse de uno mismo y apalabrar canciones y saltar de alegría por la alegría misma y sentarse a la mesa de todos los parientes que aún nos sobreviven y sonreír con una copa en la mano y decir palabras hueras y volver a sonreír; pero hay algo dentro de mí que me impide falsificar el humor o la tristeza. Que si, que hay muchas cosas por las que dar gracias, lo sé, pero luego llega Alba y nos cae encima como una losa, como una gran lápida sobre nuestras conciencias infectadas de falsos rituales y comedias sociales. Sobre la mesa, ya dispuestos los presentes, las ofrendas, el vino y las viandas y yo sentada a la cabecera presidiendo hijos, nietos, nueras y demás comensales; y delante, frente a mí, una niña me mira desde ese otro lado de las cosas. Tiene los ojos grandes y sin brillo. Ha perdido el brillo de los ojos y del pelo y las venas florecen encima de sus manos diminutas. Toda la tristeza del universo contenida en su mirada. Que ya no es mirada. Que ya ni es humana ni pertenece a animal alguno. Al otro lado de la mesa una niña nos mira fijamente a los ojos. Se llama Alba. Quise decir que hubo un tiempo en que se llamaba Alba. Y yo me pregunto si tengo derecho a sentir la más mínima alegría y levantar mi copa para brindar por quiénes o por qué… Y lo siento, y deben perdonarme, y no quise aguarles la fiesta, palabra de honor… Pero es tan dura la vida, tan cruel y tan injusta para muchos, que no sé si podré seguir sentada a esa mesa tradicionalmente constituida como un símbolo del amor universal.

 


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