Sor Maravillas

Uno, en su inocencia, quisiera saber cómo puede un país meterse en asuntos tan surrealistas cuando las nubes presagian fuertes lluvias y tormentas con gran aparato eléctrico (lo del “fuerte aparato eléctrico” ha llamado siempre mi atención y ha despertado en mis fantasías cierta morbosidad). Y uno se pregunta qué ha podido pasar por la cabeza de sus señorías para entretener las horas que tan generosamente les pagamos, en plantearse, primero, y en discutir, después, semejante imbecilidad. Maravillas se llama la sor en cuestión y maravillas vieran siglos venideros cuando al repasar las crónicas del Congreso del siglo XXI lean que el propio presidente de esta institución creada para mayor gloria del buen gobernar, el ilustre señor Bono, se entretuvo, en horas remuneradas por el mismísimo pueblo, en aceptar semejante dislate. Colocar una placa en el Congreso en honor de esa buena mujer no tiene justificación ni política ni social. Y yo se lo explico a Pepe: no es un lugar apropiado para ella teniendo en cuenta su carácter de religiosa católica por mucho que aquella fuera su casa y su celda y su lo que fuera, porque resulta que ahora es un recinto laico, aconfesional y de todos los que en este país habitan, y muchos de ellos o son ateos o no son nada a Dios gracias y no quieren ver a Maravillas Pidal y Chico de Guzmán (¡qué barbaridad!) iluminada por la gracia divina con tocas, manto, escapulario y las bendiciones del vicepresidente tercero, diputado del PP y miembro del Opus Dei, Jorge Fernández Díaz, tan interesado en que la plaquita fuera colocada. Y así están las cosas terrenales. Ellos discutiendo sobre necedades y estampitas, y nosotros “maravillados” ante tanto despliegue de insultos, hijos de puta, reuniones del grupo socialista, pedidas de mano y de perdones, relaciones humanas y políticas enturbiadas y, lo que es más grave, los diputados, senadores y demás, engarzados o entretenidos en peregrinas discusiones sobre la trascendencia o no de esa estúpida idea. Mi amiga Migdalia opina que no lo es; que a las personas se les ponen placas en su casa o en su calle como recuerdo de su pase por ellas y eso es lo más natural y nadie se enfada por ello. Pues no, amiga mía, no estoy de acuerdo. Porque si en casa ponen en la portería una placa del pirata Pata de Palo que se pasó por la piedra a media isla, pues que no la quiero, vamos, que me opongo a semejante recordatorio por mucho argumento histórico que proponga el señor alcalde. Y si se trata del padre Escrivá de Balaguer, no digamos. Aunque tenga monumento en el Vaticano. Lo dicho: en mi calle, no ha lugar.

 

                                                           Elsa López

                                               Martes 25 de noviembre 2008


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