La necesidad de la memoria

La iglesia propone el olvido. Rouco Varela entra en nuestras casas y nos propone que olvidemos. El presidente del gobierno se inclina por lo mismo. Unos y otros declaran los peligros de la memoria y sus nefastas consecuencias. Dicen que olvidar nos hace mejores porque erradicamos de la memoria aquellos datos que nos hacen la vida difícil; que las cargas de la memoria son muchas y no ayudan a aligerar el equipaje de nuestras vidas. No estoy de acuerdo. No es bueno olvidar, nunca lo fue. El olvido es una tara, una negación de la memoria a la que enajena y hace leve. Debemos recordar, hacer un recorrido crítico sobre los momentos en que la historia trazó sus renglones para que se cumplieran los designios humanos. El hombre no debe olvidar. Debe recordar de qué manera construyó su historia y qué fue lo que en ella hizo. Es bueno recordar para saber qué hicimos y qué no hicimos, porque esa es la única manera de no volver a hacerlo o de repetir las acciones que no deben repetirse. Le tengo miedo al olvido, más que al recuerdo. El olvido borra los errores y por eso volvemos a cometerlos una y otra vez. Eso lo saben aquellos que no olvidan. No. No es malo revivir los horrores de una guerra y de los comportamientos que de ella se derivan. Rouco dice que el olvido es necesario y es necesario cultivar el olvido como si de una linda flor se tratara en aras de una conciliación nacional. Rouco lo llama “sana purificación de la memoria”, o sea, la suya, que, evidentemente, no quiere recordar dónde estaba su misericordia en aquellos tiempos de sangre y de muerte. Eso sí, busca mártires como loco y los saca de sus fosas para elevarlos a los altares; pero nosotros no podemos desenterrar a nuestros muertos para llevarlos a casa. Los suyos van directamente a los altares y los nuestros a la oscuridad de la tierra. Si como él dice debemos liberar a los jóvenes de los lastres del pasado como son éstas “rencillas” (llamar rencillas a los crímenes de guerra tiene tela) para que los jóvenes se quieran más y no haya rencores que pesen sobre ellos, me temo que los alardes de concordia que hace la iglesia cada vez que relata los crímenes a que fueron expuestos sus mártires de la guerra civil no sea el camino. Y mira tú por donde, querido Rouco, yo también tengo “rencillas” y quiero que me las devuelvan para embalsamarlas y colocarlas en el altar de mi casa y decirles responsos y cantos de tristeza. Si. Yo también quiero elevar mi pasado a los altares. Y sin rencores.

 

 

                                   Elsa López

                        Martes 2 de diciembre de 2008


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