Cómo salvar la crisis

 

“El presupuesto debe ser equilibrado, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada y la asistencia a los países foráneos debe ser cercenada para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar en lugar de vivir a costa de la asistencia del Estado.” Son palabras de Cicerón. Año 55 antes de Cristo. Aunque no esté de acuerdo con algunas de las propuestas puedo añadir que las respuestas de un hombre sabio a la crisis de Roma pueden servir como modelo de prudencia a los legisladores de hoy frente a los avatares de una economía que comienza a parecernos trasnochada y caduca. El capitalismo no funciona. Marx tenía razón aunque a muchos les pese reconocerlo. El capitalismo feroz es una fuente de descomposición moral y el germen de miserias y convulsiones sociales. Tampoco hace falta ser muy avispado para comprobar cómo siempre se enriquecen los mismos y los menos y se empobrecen las capas sociales más débiles que son la mayoría. Es el cinismo la virtud que acompaña a los que manejan el capital. En épocas de marejada económica ellos imploran los favores del estado y alegan que su falta de ganancias acarrea males mayores a los que ellos padecen y, para demostrarlo, cierran negocios y fábricas y se declaran en bancarrota. Los trabajadores van a la calle y los empresarios justifican los despidos alegando la quiebra del capital invertido. El estado acepta la postura empresarial y el trabajador se queda sin recursos. El empresario deja de amasar dinero pero no se queda sin él, que ya hace tiempo que lo tiene a buen recaudo y nada puede pasarle a no ser que haya invertido todo su patrimonio en negocios que ya no van a generarle capital ninguno. A algunos les ocurre. Pero la mayoría cierran sus empresas habiendo asegurado ese capital en otras que van a cubrirles las espaldas. Los obreros al paro y ellos a su residencia de invierno a verlas pasar. Así se resuelve la crisis de los que la provocan por un afán desmedido de riqueza a costa del trabajo ajeno. A estos razonamientos míos llaman comunismo y a quienes los propagan les espera el destierro o la muerte mientras el pueblo se encierra en sus casas a llorar la miseria que se les avecina pues ya no saben cómo luchar contra la injusticia que los aplasta porque los gobernantes llevan siglos lavando el cerebro de sus súbditos para que no sepan cómo levantarse contra ellos. El imperio se salva y con él los emperadores. Cicerón calla y la vida sigue girando en el más profundo de los silencios.

                                               Elsa López

                                    Martes 11 de noviembre 2008


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