Napoleón y La Palma

La noticia es fantástica y no me resisto a la tentación de dar buena cuenta de ella. El historiador Sandro Pellegrini dentro de las conferencias que se celebraron en Las Palmas dentro del Coloquio de Historia Canario Americana dijo nada menos que “Napoleón quiso invadir la isla de La Palma”; que ese era el sueño francés y que  «el interés de Napoleón en apoderarse de La Palma parte de las sugerencias hechas por sus cónsules, Auguste Boussenet, primero, y Pierre Cuneo d´Ornano, después, cuando residían en el Puerto de la Cruz, en Tenerife (1800-1814), porque La Palma era una isla poco poblada, tranquila, con buen clima, mucha vegetación, recursos suficientes para construir astilleros para los barcos franceses, etcétera. En definitiva, era ideal para constituir una base militar y económica porque, además, sus gentes eran apacibles y podrían ser controladas fácilmente por una pequeña tropa francesa». Según Pellegrini, Napoleón estuvo cerca de lograr su objetivo porque «La Palma no estaba bien atendida bajo el Gobierno español que parecía dejarla fuera de su control y de sus intereses…. Por suerte, el Archipiélago se mantuvo alejado de la implicación directa en esta guerra, aunque los problemas de abastecimiento y de hambre se sintieron muy fuertes. Pero si los franceses se hubiesen apoderado de La Palma, ésta hubiese sido otra Gibraltar», afirmó sin inmutarse el historiador genovés. ¿Qué les parece? Todos ahí pegándose para controlar la navegación atlántica y el muelle convertido en centro de abastecimiento militar y esa playa del túnel llena de uranio y todos hablando inglés por esa Calle Real y yo sin entender lo que dicen. Ah, no. Eso nunca. Pero lo de hablar francés pues que me hubiese animado un poco al imaginarme la Alameda llena de sombreros a la última y ellas con guantes a todas horas arriba y abajo por las calles de Aridane y una tienda de Art Decó cerca del puente, y las tardes del Eliseo y los paseos a lo largo del Sena y los conciertos en “Le Grand Téâtre Circus de Mars” por fin inaugurado, por fin abierto a las ansias culturales de esa ciudad de mi alma que parece vivir mirando hacia otros horizontes en lugar de estar pendiente de París y de las buenas consecuencias de semejante relación con Nicolás Sarkozy a quien venero. Nadie puede comprender lo que hubiera sido para esa isla. Ni tomates ni plataneras bajo el imperialismo inglés; ni hambrunas ni emigraciones en el siglo XIX; ni pestes ni tristezas ni amarguras bajo el imperio de Roma y sus senadores. Jamás hubieran arribado tales bárbaros a las costas de Tazacorte y ahora seríamos felices cantando La Marsellesa y no dejando pasar un barco camino de La Casa Blanca. ¡Un pasón!

 


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