La esperanza y la alegría del conocimiento

 Hoy, en una ocasión tan parecida a otras en las que alguna vez se han levantado voces a favor de la muerte (recuerdo siempre a Unamuno y aquel día en la Universidad de Salamanca…), yo quiero levantar la mía a favor de la esperanza y la alegría del conocimiento. Porque esto es un mitin contra la desesperanza y a favor de la inteligencia. Y por ello hablaré de la tierra, de sus precipitaciones, sus desafueros y miserias. Y hablaré de los hombres y de su paulatina tristeza frente a los dioses, de su descreimiento, su vulnerabilidad, sus desventajas y sus miedos; y de cómo esos miedos lo empujan a la destrucción de lo que ama. De cómo la oscuridad que provoca la ignorancia es un paisaje propicio para adueñarse de la voluntad de los hombres y empujarlos a cometer las mayores atrocidades, y de cómo hay quienes aprovechan esa oscuridad para apoderarse y destruir cuanto abarca su ambición y su mirada. Porque la ignorancia atrae a los depredadores y a ella acuden como al olor de la carne para despedazar y engullir a los más débiles.

 

Y hablaré de la esperanza y de la alegría de los hombres que habitan la tierra y de cómo pierden el miedo al conocimiento y, ya sin miedo, aturdidos aún, avanzan dando tumbos por los caminos de la vida y el conocimiento les ayuda a ir apartando malas hierbas, piedras, escollos y tropiezos. Y de cómo avanzamos. Y ya no tenemos miedo a los falsos discursos, a las miserias ajenas, a la crueldad o a la muerte, porque sabemos lo que encierran, lo que significan, y a lo que nos someten.

Y hablaré de la luz que procede de la inteligencia y de cómo nos conduce, poco a poco, hacia la verdad del conocimiento. Y de cómo esa luz se expande lentamente por nuestro interior. Y cómo, de la misma manera que al correr las cortinas y dejar entrar el sol en las estancias de nuestra casa ésta se ilumina, así el conocimiento ilumina las habitaciones de nuestra alma y nos hace ver lo que nos rodea de manera diferente. Como si fuéramos ciegos y de repente un resplandor nos hiriera en los ojos y nos obligara a abrirlos para ver mejor, así la inteligencia nos hiere y nos descubre la verdad de los objetos que están cerca de nuestra mirada. Y hablo de heridas, y hablo, pues, de dolor, porque la verdad, su hallazgo, es doloroso muchas veces y, aún así, es una fuente inagotable de alegría porque nos ayuda a darnos cuenta de que ya nada puede alterar nuestro corazón si no es absolutamente cierto y necesario ese temblor; que ya nada puede cambiarnos ni decidir por nosotros a no ser que ese sea nuestro deseo.

Y esa es nuestra mayor esperanza.

 

Y si la luz de occidente se apaga lentamente, cosa que dudo, no hay que temer a la oscuridad que parece se cierne sobre nosotros. Nuevos conocimientos, nuevas formas de mirar y de entender el mundo nos llegan del sur. Y con ellas la alegría renovadora de crecernos por dentro, de conocer otros mundos y la mayoría de sus incógnitas alumbrados ahora por una luz diferente. La inteligencia llega adornada de nuevos colores, camina por otros rumbos y se hace llamar con nombres distintos, difíciles de pronunciar, incluso. Los conocimientos llegan escritos o dichos en otras lenguas, revestidos de razonamientos extraños, desconocidos, desconcertantes, alentadores… Sólo necesitan que abramos nuestra puerta para dejarlos entrar por ella y así puedan llegar a los rincones oscuros de la casa para iluminarla de nuevo.

 

A eso llamo esperanza y así será la conquista de la tierra. Por la inteligencia. Es la única manera de perder el miedo a lo desconocido: aprender de ello, descubrir lo que encierra. No temamos, pues, a la vida ni a sus diversas maneras de presentarse ante nosotros. No temamos sus distintas maneras de darse a conocer. Una nueva era está por llegar y aún somos jóvenes para recibirla de pie. Nada está perdido. Dejemos las antiguas maneras de pensar o de creer y animémonos a dar el salto hacia esa nueva aventura del conocimiento. Ni perturbaciones, ni aspavientos, ni desgarro de vestiduras… La vida es esa capacidad para abrazarse a lo desconocido y dejar entrar a quienes vienen a traernos savia nueva y nueva sabiduría. Averiguar quiénes son los que llegan a la puerta de nuestra casa; abrirnos a quienes reclaman nuestra atención; alegrarnos de su llegada y pedirles que nos enseñen los secretos de su corazón; será la mejor universidad del mundo. Y ya no habrá miedo a lo desconocido ni temor a su llegada; sólo el alborozo de saber que aquello es parte de nuestro mundo y que desvelar sus misterios nos enriquecerá más de lo imaginado.

 

            Siempre fue así. Así nos lo enseñaron nuestros abuelos. Lo que ocurre es que lo hemos olvidado. Miramos hacia otra parte y nos asusta la vida y la verdad que encierra acostumbrados como estamos a poblar una tierra donde la palabra fortuna se aplica indiscriminadamente a cosas y a formas que nada tienen que ver con la verdadera felicidad. Nada es mejor que el conocimiento y nada mejor para nuestro espíritu que la sabiduría .No hay mayor riqueza ni mayor consuelo. Y esa nadie nos la puede robar. En una sociedad acostumbrada a la rapiña y al miedo de los desvalidos, el conocimiento es nuestra única defensa natural; nuestra mejor arma. Hace años, Francisco Lugo le dijo a su nieta, Maribel Arrocha: “Tu no vas a ser heredera mía, pero te voy a dejar un cheque en blanco: estudia en la Universidad de La Laguna la carrera que quieras y eso nunca, nadie, te lo podrá robar”. “Enséñame. Quiero aprender”. Le dice el Conde de Montecristo al fraile en la prisión. Y el fraile le contesta: “El espadachín más fuerte no es el que gana. Gana el más veloz. El que aprende. Oye mi voz y aprende mis palabras. La libertad te la pueden robar, pero no el conocimiento”. Oigamos su voz. Volvamos atrás la mirada y recordemos lo que fuimos un día. Y recordemos que no hay inquisición en el mundo que pueda con el movimiento de la tierra. Y si alcanzamos a descubrirlo podremos repetir el “si muove” de Galileo aunque sea bajito y en un susurro temeroso ante la tortura, o en voz muy alta, arrogantes incluso, a pesar de ella.

 

Oigamos sus voces y recordemos su alegría al descubrir la razón de la salida del sol o cómo giraban los astros sobre nuestras cabezas, cuánto alborozo al mirar por un telescopio o sentir el alivio de una medicina o cuánto placer al oír las palabras cargadas de sabiduría de nuestros mayores. ¡Cuánto resplandor en las miradas al terminar un libro y cerrar sus hojas y encontrarnos con el alma llena de palabras nuevas y conocer su significado!  

 

Si. Oigamos sus voces y alegrémonos con las noticias que nos llegan de otras tierras y en otras lenguas porque quizá con ellas vuelva la esperanza.

 

 

 

¿Qué esperamos aquí, reunidos en el ágora?

 

               Es por los bárbaros que llegan hoy.

¿Por qué en el Senado semejante inacción?
¿Por qué se paran los senadores y no dictan leyes?

 

                Porque los bárbaros llegarán hoy.

                ¿Qué leyes pueden dictar ya los senadores?
                Los bárbaros  cuando vengan legislarán.

¿Por qué nuestro emperador levantóse tan temprano
y permanece en la más grande puerta de la ciudad

en el trono, engalanado, portando la corona?

 

               Porque los bárbaros llegarán hoy.
               Y el emperador espera acoger
               a su jefe. Se preparó muy bien
                para entregarle un pergamino. Ahí

               le otorga muchos títulos y nombres.

¿Por qué nuestros dos cónsules y también los pretores
salieron hoy con las rojas, las bordadas togas;
por qué esos brazaletes cuajados de amatistas
y anillos con espléndidas, lustrosas esmeraldas;
por qué empuñar hoy preciadísimos bastones
profusamente de oros y plata cincelados?

               Porque los bárbaros llegarán hoy,
               y esas cosas deslumbran a los bárbaros.
     

¿Por qué los dignos oradores no vienen como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?

               Porque los bárbaros llegarán hoy
               y a éstos atedian facundia y alocuciones.

¿Por qué de repente el comienzo de esta zozobra

y confusión? (Las personas qué serias se han vuelto).

¿Por qué se vacían aprisa calles y plazas
y todos vuelven a sus casas tan pensativos?

               Porque cayó la noche y los bárbaros no vivieron.
               y algunos llegaron de las fronteras
               y anunciaron que los bárbaros no existen ya.

 

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una cierta solución.

 

 

(C. P. Cavafis. Obra poética completa. Edición bilingüe de Alfonso Silván Rodríguez. Ediciones La Palma. Madrid, 1991)

 

Constantino Cavafis escribió este enigmático poema en el que se habla de una multitud vaciando las calles y regresando sombría a sus casas porque ha comenzado a anochecer y no llegan los bárbaros. De algún modo, el poema tiene un cierto regusto a fracaso; los bárbaros, que constituyen la metáfora de una terrible amenaza, son aquí invocados como la última esperanza de salvación.

 

Son numerosas las teorías que han dado los expertos de la obra de Cavafis sobre este texto. El poeta nada dijo ni explicó sobre el poema y ese lamento final: “Y ahora que será de nosotros sin bárbaros. Esos hombres eran una cierta solución.” Siete décadas más tarde, Coetzee, sudafricano, testigo del apartheid y Premio Nobel de literatura en el año 2003, nos describe en su relato Esperando a los bárbaros la crueldad de los imperios, la necesidad de tener a alguien contra quién luchar, a quién culpar. E incluyó el final del poema, alegórico y hermoso, de Cavafis. Ellos son la solución del imperio para tener a quien culpar de los males que le acosan. En el relato del escritor sudafricano resuenan los ecos de un mundo que, a semejanza del actual, también es violento, injusto y, en buena medida, incomprensible. El protagonista del relato ha trabajado durante décadas reprimiendo a los bárbaros y sabe que tanto las mentiras que el Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos, como las verdades que el Imperio cuenta cuando soplan malos vientos son las caras de la moneda de la dominación imperial. Coetzee escudriña el horizonte intentando desmentir la desesperanza de Cavafis y de las gentes venidas de más allá de las fronteras que aseguran que ya no hay bárbaros.

“¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los imperios tienen la culpa! Los imperios han creado el tiempo de la historia. Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe.”

Pero quizá haya otra versión para esa nostalgia de Cavafis: la llegada de los bárbaros como esperanza de cambio y el desconsuelo de los ciudadanos al enterarse de que ya no existen; que se han alejado de las fronteras del imperio. Ante la decadencia, ante la desolación, el hombre espera la llegada de algo distinto que haga cambiar las leyes, los discursos y las togas de los senadores. Ese “algo” distinto eran, son, los bárbaros. Lo desconocido. Lo lejano. Lo que no entendemos y por no entenderlo calificamos de ajeno o de impropio cuando quizá sea lo que venga a proponernos la solución; lo que llegue a ofrecernos muchas de las respuestas que necesitamos para volver a la esperanza. Cuando el imperio se desmorona ante nuestros ojos; cuando el mundo se convierte en una fuerza oscura donde los hombres corren y se precipitan en lo que aparenta ser el caos, nos llega, de pronto, la luz desde otros rincones, desde el mismo lugar que hemos ocupado hace sólo unos instantes y que ahora ocupan otros. Es el comienzo de un nuevo camino que debemos empezar a recorrer.

¿Cuál será el método? ¿Cuál su decálogo? No lo sé. Nadie quizá lo sepa aún. Pero queda clara una cosa entre muchas: debemos estar preparados para recibir la luz. Sin prejuicios, sin alarmas, sin tristezas, sin falsas añoranzas. Con la inocencia y la perplejidad necesarias. Y ya no nos llegarán noticias de nuestras fronteras diciéndonos que los bárbaros se alejan de ellas para siempre


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