Los traidores

“Traidores, traidores”. Ese era el grito en la calle Génova. Ese y otros empapados por la lluvia y por el odio. ¿Traidores, quienes? Esa era la pregunta que el ciudadano se hacía al ver a un tipo, ya anciano, con el brazo derecho en alto y el rostro congestionado; a una dama clase media con pinta de ir a todo y gritar contra todo antes del aperitivo; hombres y mujeres de edad indefinida con ligero aspecto de bohemia años 60; y a algunos jovencitos envueltos los hombros en águilas imperiales. Hasta había un señor joven con aspecto de profesor de derecho mercantil, escritor de novelas de ficción a tiempo libre, que portaba una pancarta de lo más currada donde se leía: “Sólo el voto directo del militante hace legítimo un presidente”. Imponente por lo triste, por la lluvia y por lo inútil de aquella manifestación llena de gabardinas y de consignas ya caducas. Porque si Rajoy es un traidor que venga Dios y lo vea y así, de paso, escucha los gritos airados de la señora con chaqueta y pañuelo de marca que mezclaba churras con merinas y le daba lo mismo insultar a Gallardón que a Rodrigo Rato. ¿Traidores? ¿Dónde? A ella le da igual. Ella va donde la manda su director espiritual. Pero lo que ella no sabe es que para que haya un debate político serio, los ciudadanos deben estar bien informados, no empujados a la discordia, al desaforo y a la descalificación directa de sus líderes. No se debe permitir la injerencia de la prensa sensacionalista o de las emisoras de radio tendenciosas en asuntos de partido. Mandar a la gente a una manifestación con frases incendiarias desde un periódico o desde una radio controlada por la iglesia, es más que escandaloso. Me da igual que Rajoy se vaya o que se quede, que buen castigo sería darle leña con el mismo palo con el que él la dio a otros; pero no me da igual que convoquen manifestaciones contra el PP los mismos manipuladores que antes las convocaron contra el gobierno. La misma persecución a la que él sometió a las instituciones del Estado, lo somete ahora a él. Los mismos directores de orquesta mueven la misma batuta; y los mismos actores de ayer secundan los papeles principales de hoy. Que ni María San Gil ni Ortega Lara son actores primerizos. Otros hubo pero se fueron antes de estallar semejante alboroto. A la chita callando, unos; con una puñalada trapera a su querido jefe, otros. Suetonio afirma que César dijo, en griego, “Kai su, teknon? ¿Incluso tú, hijo mío?” Pero me temo que ni Aguirre ni Acebes ni Zaplana dominen a los clásicos.


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