Poesía y política

Me escribe cartas con cierta regularidad un lector que me aprecia mucho como escritora pero no como pensadora o crítica social. Admira mi poesía, mis novelas y mis ensayos (es realmente fervoroso en el seguimiento de mi obra) pero dice no gustarle nada mis interpretaciones de la justicia, el orden social o la actividad delictiva de algunos empresarios. Pues bien, a mi querido y atento lector debo decirle que se equivoca, que un poeta puede hablar y escribir por los demás si es así como lo siente. La sinceridad de un pensador está en sus manifestaciones, sean del matiz que sean. La poesía política, por ejemplo, ha tenido mucho que hacer y qué decir en determinados momentos de la historia. El papel de kamikaze y otros menesteres que en principio parecen alejados de la poesía, no lo es tal desde Homero y sus críticas a los dioses y héroes, déspotas y malversadores de los bienes públicos, hasta Octavio Paz o Valle Inclán (para quien el lugar de los escritores es ir “siempre con la pareja de la guardia civil detrás, como los gitanos) pasando por aquellos que bajo un poema de corte lírico y desapasionado ofrecen al lector la posibilidad de una segunda lectura más airada y comprometida con la realidad. Y no sólo nuestra labor es de luchador infatigable, también nuestra postura ante el poder es una elección moral, personal. Pero el poder castiga y a veces muy duramente a quienes opinan contra él en prosa o en verso. Muchos de aquellos que trabajan en el mundo de la literatura lo saben. La independencia se paga. El destino de los editores independientes es acabar cerrando sus editoriales. El final de los escritores adversos al sistema es terminar en un centro psiquiátrico o deambulando de bar en bar leyendo sus versos en voz baja. El resultado de pensar independientemente y fuera de los circuitos que controla el poder es no viajar a donde mandan los guardianes de la cultura; la consecuencia inmediata de criticar a un organismo político o una empresa fraudulenta es que echen a tu marido a la calle o lo castiguen intentando deshonrarlo públicamente como escarmiento, o que, en última instancia, envíen a sus lacayos a escribir libelos contra él o contra quien los denuncia. Pero aún así es necesario señalar que nuestra voz es nuestra y ayuda a recobrar el aliento a quienes la escuchan. No ayuda a caer la injusticia, es cierto, pero le da nombre y dirección. La poesía política no es una escritura inocente: arranca del descontento y sus mecanismos son las palabras. Y si el poder vacía las palabras, el poeta debe llenar ese vacío. Así de sencillo. Les guste o no.

 

 1.4.2008


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