Elogio de la inútil

Me he levantado con un raro sabor en la garganta, con una cierta tristeza. Me he despertado pensando en la cobardía y en el desconsuelo. Hoy lunes, diez de marzo, un día después de las elecciones, me he levantado a la vida de siempre con una sensación enorme de fracaso. Esto es algo parecido a la resaca, pienso. Había celebrado la llegada y el triunfo del partido ganador y, sin embargo, no era del todo feliz. ¿Qué me producía, entonces, esa tristeza? Medité largo rato delante de una taza de café y luego decidí escribir sobre la condición humana, siempre contradictoria, y mandar un abrazo a todos los que fuimos a votar con el corazón doblado en dos pedazos; a todos los que a pie de urna nos creímos portadores de una papeleta que podría decidir el rumbo político de estas islas y de este país; a todos aquellos que pensamos que éramos necesarios para fortalecer el voto de una izquierda única y compacta que nos defendería de otro bloque único y compacto; a esos que creíamos que era necesario cambiar nuestro voto de siempre por uno nuevo que significara fuerza común contra una derecha que nos proponía mensajes con los que nunca estaríamos de acuerdo. El voto que serviría para formar un bloque esperanzado y legítimo contra la mentira y la corrupción. Y allí fuimos, madrugadores y convencidos de nuestra utilidad. Pero ahora, viendo la derrota y la dignidad de un hombre que descubría públicamente el fracaso de su partido en estas elecciones y que con tanta hombría y tanta fortaleza de espíritu nos anunciaba su marcha, me doy cuenta de que mi hija pequeña tenía razón; que una buena parte de la juventud de estas islas tiene razón cuando dice que hay que soñar, que hay que tener un sueño y los sueños nunca son inútiles; que Canarias tuvo una vez un sueño: una izquierda que levantaba el puño y se envolvía en banderas de futuro con nombres y apellidos; hombres y mujeres que murieron y lucharon por la libertad, por los más humildes, por los más olvidados. Hombres y mujeres que lucharon por una educación laica y progresista, por una emancipación de la mujer fuera de los muros y las cárceles de una cultura manejada y controlada sólo por hombres. Y ahora, cuando ves a dónde fueron a parar tanta bandera y tanta utopía de libertad, igualdad y fraternidad, sientes que has perdido demasiadas cosas en el camino. Llamazares se va y con él se van los restos de quienes un día soñamos algo diferente. Brindo, pues, por él, por mi madre, y por la inutilidad de sus sueños.

 

                                                           Elsa López

                                               Martes 11 de marzo de 2008


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