Abortos

El modelo de familia que predica la iglesia y secundan (según parece o según ellos presumen de ser así) miles de ciudadanos, no tiene nada que ver con la realidad de millones de seres humanos que tienen otros modelos diferentes de lo que puede llamarse familia o pareja. Que el Papa se de la vuelta en misa y de la espalda a la vida, a los feligreses y a esas otras familias que conforman la llamada realidad, es una buena metáfora del mundo del que ellos hablan y del que vivimos los demás. Así las cosas, no debe extrañarnos que se haya desencadenado una guerra sin cuartel contra todo aquello que suene a libertad de criterio, a diferente manera de creer y de pensar. Dar la espalda a los que no piensan como yo, a los que son diferentes, es dar la espalda a muchas cosas nuevas, y no por ello peores, que se han conseguido en años anteriores, incluida la iglesia que parece haber retrocedido a otros tiempos de oscuridad y fanatismo. ¿Por qué, de pronto esa persecución a las mujeres que han luchado a favor de su libertad y la de su cuerpo? ¿De dónde esa energía con la que jueces, fiscales, iglesia y políticos se lanzan ahora a cerrar hospitales, condenar médicos y culpabilizar a miles de mujeres que eligieron libremente no tener hijos por razones que sólo a ellas compete? ¿Quiénes saben de esos cuerpos solitarios, violados de una forma o de otra (que de violaciones y maneras de hacerlo podríamos nosotras hacer un tratado), maltratados, acobardados, humillados y enfermos más que ellas mismas? ¿Acaso ese juez ajeno a toda esa violencia y ese desgajarse del cuerpo que determina el sino de muchas mujeres? ¿Acaso ese concejal de asuntos sociales que no conoce más cuerpos que aquellos que le procuran distracción y placeres? ¿Acaso ese fiscal que determina quién hace bien abortando y quién no? Nadie lo sabe. Nadie es quién para determinar mi libre albedrío y mi decisión de tener o no tener hijos. Que de hijos no deseados hay muchos en la tierra de quienes ocuparnos a diario y a quienes debemos dar un poco de la luz y del alimento de que carecen. Que de hijos no queridos, no planificados desde el amor y la voluntad de tenerlos, hay muchos, y de ellos están llenos los cubos de basura, los orfanatos, las casas de acogida, los hospitales, y muchas y modélicas familias, aparentemente felices, que los tienen de adorno, de figurantes, de tristes criaturas abandonadas en buenos colegios de Londres y a los que sólo ven en vacaciones o al salir de misa la noche de Navidad.

Elsa López
Martes 15 de enero de 2008


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