El aviador

 

 

A Manuel Cabrera Sánchez

Tenía 16 años. Soñaba con volar muy alto y leía sin cesar Vuelo Nocturno de Saint-Exupery. Quería ser aviador. Y para ello trabajó de albañil, de camarero, de vendedor de enciclopedias, de secretario, de guardaespaldas, de instructor de vuelo… Trabajó muy duro para conseguirlo. Y, poco a poco, se fue pagando las horas, los cursos, los títulos que necesitaba para llegar a ser lo que quería. No he conocido a nadie con tanto coraje y tanta voluntad. No he conocido a nadie con tanto valor y tantas ganas de alcanzar una meta. A nadie con tanto empeño en hacer de su oficio algo más que una profesión: una manera de ser y de pensar. Cuando consiguió ganarse la vida con lo que era su vocación, su vida se hizo ancha y luminosa. Fueron otros tiempos. Yo escribía sobre aviadores y él hablaba de aviones y de su asombro al cruzar el cielo y remontar las nubes. El hacía fotos de nubes. Durante años fotografió ese otro espacio por el que paseaba a diario; esas carreteras del aire de las que lo sabía casi todo. Y luego, ya en tierra, le oía de nuevo hablar de aviones, del viento, de los paisajes imposibles, de ese otro universo que los que vivimos en tierra firme ignoramos por completo. La fiebre de volar, el amor por surcar el cielo, despegar, aterrizar, olvidarse del mundo desde la altura, multiplicarse por mil allá arriba, era su única pasión. Luego ese sueño se vino abajo. Los amigos se fueron hacia otros cielos o se jubilaron en la nostalgia. Las antiguas tripulaciones se desmembraron paulatinamente y la compañía en la que trabajaba se convirtió en una quimera. Él se hizo leyenda. Se hizo una leyenda de sus aterrizajes, de sus premios de precisión en vuelo, de cuando bajó un avión en picado por dos veces hasta conseguir remontarlo de nuevo; de cuando una Nochebuena sacó del aeropuerto a muchos estudiantes que no podían volver a casa; de cuando llevó en un avión a treinta niños saharauis para que vieran la isla y el mar que no habían visto nunca… Historias que cuentan los que lo conocen. Los mecánicos, los bomberos, las limpiadoras, las azafatas, los maleteros y el personal de los aeropuertos lo conocen y conocen su manera de cruzar con ellos una palabra o un gesto cariñoso. Y sus compañeros lo conocen y saben de su buen oficio y de su fidelidad a determinados ideales hasta sus últimas consecuencias. Escribo estas palabras desde la pena al saberlo triste y decepcionado. Y para decirle, en nombre de todos los que hemos perdido el miedo a volar gracias a él, que, pase lo que pase, y pese a quien le pese, él seguirá siendo el mejor de los aviadores posibles. Como lo es en la tormenta el héroe de Vuelo Nocturno. O como lo es el protagonista de Decisión: “El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va”.

Elsa López

Martes 28 de agosto de 2007


A %d blogueros les gusta esto: