LA ISLA DE LA PALMA (National Geographic. Noviembre 2006)

                                              

            Plinio, en el capítulo donde trata de las Islas Afortunadas, hace memoria de una isla llamada Palmaria. …Pues en efecto, el agregado de las rocas forma hacia ambos extremos unas enormes cumbres que humillándose insensiblemente al medio ofrece la idea de un valle plano y espacioso…Porque si se atiende a su perspectiva se hallará ser muy semejante a la copa de una gran palma, poblada de gajos erizados y extensos cuya curvatura, formando a los extremos dos cumbres eminentes, deja abatido el centro desde donde se vuelve a levantar tal cual pequeña colina a modo de renuevo…  La primera impresión que se tiene al llegar a la isla de La Palma es la de un animal prehistórico dormido sobre el agua con sus dos grandes lomos cubiertos de escamas gigantes. Si llegas a la isla por el mar la sensación es aún mayor porque, conforme te acercas, el extraño animal parece ir saliendo, poco a poco del mar. Por mar o por aire siempre se llega a la isla por el este. El aeropuerto está en Mazo, muy cerca de la capital, Santa Cruz de La Palma, donde está el puerto, uno de los más importantes del Atlántico durante siglos pues fue lugar de paso hacia América y obligado caladero para los grandes veleros que comerciaban con Las Indias. En él se reparaban y construían los barcos con las maderas de los bosques de la isla y era lugar seguro para los comerciantes europeos. Santa Cruz de La Palma, lo que en la isla conocen como “la ciudad”, fue lugar de paso obligatorio para los navegantes que allí se aprovisionaban de comida y agua. Fue, además, una ciudad de prestigio por el arte y la cultura que había en ella. En el siglo XVII se la conocía ya como unos de los puertos más importantes europeos junto al de Amberes y al de Mahón.El historiador palmero Eduardo Martínez Santos la describe como “el dulce del Atlántico” debido a los grandes ingenios de azúcar y a la gran producción de mieles y azúcares de distintas clases que en ella se hacían durante los siglos XVI y XVII. Se la conoce también como “la isla verde” pues no cabe duda de que es la más rica en bosques y en agua, razón por la que en invierno y en verano sus bosques de pinos, laurisilva, castaños, tilos y otras variedades, hacen de la isla un vergel. También se la conoce como “la isla bonita” del archipélago canario. Definirla así no es del todo acertado, porque la fuerza de sus montañas, la grandiosidad de sus cumbres y la belleza aterradora de sus barrancos no da pie a una exclamación tan idílica y empequeñecedora. En Las Sinodales de Murga de 1629 se dice de esta isla, ya para entonces San Miguel de La Palma, que “…Es de las más terribles de andar que hay en el mundo, y no se  puede creer bien si no se ve, por los grandes barrancos y alturas que lo más seguro es andar mucho a pie, so pena de ir con grande riesgo…no es muy fácil ni aún de entrar en el puerto, que es menester esperar la cortesía del mar.” Un fenómeno tan simple como el que la isla sea pequeña  y, al mismo tiempo, una de las más altas del mundo en relación con su perímetro, obliga al viajero a cruzar de forma rápida de un microclima a otro como resultado de las distancias tan cortas que hay de norte a sur o de este a oeste. La diversidad geológica y la variedad de vegetación que estos cambios provocan y que en otro lugar requeriría recorrer cientos de kilómetros para percibirlos, en esta isla se dan en escasos minutos, lo que produce unas transformaciones en el panorama realmente mágicos. La vuelta a la isla, para un visitante primerizo, produce un gran impacto por su belleza, sus colores y sus contrastes. La Palma es deslumbramiento, una explosión de colores y de paisajes distintos: de la lava y el desierto de basalto negro, a bosques de laurisilva o de tilos; de la agresión del viento y un paisaje de matorral húmedo y frío, a otro de vegetación de bosque espeso, o a otro rocoso, o a otro de playas de arena volcánica. Uno de los factores que más condicionan el clima de la isla son los vientos Alisios que circulan en dirección fundamentalmente norte-este como consecuencia del anticiclón atlántico. Son vientos cargados de humedad que soplan de forma casi constante en el verano y afectan principalmente las zonas norte, noreste y este. El vien­to determina sus cose­chas, con­diciona la orientación de sus casas, su rit­mo de tra­bajo, su carácter, y sus cos­tumbres.             En esta isla de con­trastes físi­cos tan fuertes, la sen­sación de lo ir­real se pro­duce por esa posibilidad que tiene el viaje­ro para pasar de un clima a otro, de una geografía a o­tra. De un pai­sa­je íntimo, solitario y um­brío, como el bosque de Los Tilos, a otro ­agreste y feroz, do­minado por árbo­les y ríos como La Caldera de Taburiente. De una cumbre fría y anegada en nubes a una isla soleada, de luz bril­lante. En esta isla de con­tras­tes, pasar de la hume­dad y el ver­dor de los bos­ques a la luz, el calor y la se­quedad de los volcanes, es cuestión de poco tiempo. Hay quien da la vuelta a la isla en un sólo día, pero eso obliga al viajero a hacerlo muy rápido y a no poder conocer algunos rincones que necesitarían cada uno, por lo menos, un día entero. La isla no puede verse en un solo viaje. Hay que hacer diversos recorridos para poder conocerla. Recomendamos varios caminos a seguir en días diferentes partiendo siempre de Santa Cruz de La Palma. El primer viaje lo haremos en dirección norte hacia el bosque de Los Tilos, San Andrés y Sauces, Barlovento y Garafía, para volver por El Roque de Los Muchachos y ver atardecer desde lo más alto de la isla. Este es el viaje más denso pues es mucho lo que queremos ver y disfrutar. La primera parada hay que hacerla en el bosque de Los Tilos, reserva de la biosfera y patrimonio de la humanidad donde hay que caminar y dejarse embargar por las sensación misteriosa de un lugar encantado. Luego hay que bajar hasta San Andrés y Sauces a visitar la plaza de la iglesia y dar un pequeño paseo por el casco viejo del pueblo. Seguir hasta Barlovento y allí, a pie o en coche, ir a La Laguna a comer potage de trigo y queso frito con mojo verde, o salir directamente hacia Garafía por la carretera de Las Mimbreras y pararse  a comer en Roque del Faro y allí pedir un puchero palmero de primer plato y cabrito o conejo en salsa con papas arrugadas de segundo y, para abrir boca, queso de cabra y unos chicharrones acompañados con vino del lugar con cierto sabor a madera de tea que recuerda a los vinos griegos. Y desde allí, acercarse a El Tablado de La Montañeta, patrimonio de la humanidad por su enclave, su arquitectura, y su extraordinaria conservación natural a pesar de las agresiones climatológicas y economico-sociales que ha recibido durante generaciones. Desde el lomo del barranco de Los Hombres podrán ver parte de la comarca de Garafía, los pagos de Franceses  y  Don Pedro, y el mar como único horizonte.            El regreso se hará por el Roque de Los Muchachos, el pico más alto de la isla, de 2.426 metros de altura, que está situado en el borde superior de La Caldera de Taburiente. Lo sobrecogedor de La Caldera es esa desproporción que existe entre ella y una isla tan pequeña. Lo importante de La Caldera no es entrar en ella, sino verla, contemplarla, desde la mágica altura de Cumbre Nueva. Desde allí, sobrecogido, el espectador puede contemplar uno de los paisajes más bellos que pueda ofrecernos la isla. Desde lo alto del Roque de Los Muchachos sorprende comtemplar un paisaje tan terrible en su esplendor.  No es el paisaje en general sino esos pequeños rertazos de pinos inmensos que le dan vida y lo envuelven de un halo misterioso. Los pinos trepan por sus paredes y alcanzan los picos más altos. La invaden, bordean las cumbres y luego des­cienden, laderas aba­jo, hasta llegar al sur de la isla. Ce­dros mar­ginal­es aparecen en­caramados en ris­cos y lade­ras cubier­tas de codesos y taginaste azul. Y, alguna vez, rara vez, apa­rece en las zonas más al­tas la “vi­o­la palmensis”, el pen­samiento de la cum­bre. Cuando el caminante ha recorrido parte de las cumbres y se sienta en lo más alto a recorrer con la vista lo que la vista alcanza, el espectáculo sobrepasa las imágenes que uno puede haber coleccionado en fotos e ilustraciones. El movimiento de las nubes, empujadas por los alisios desde el mar, penetran por el barranco y ascienden hacia los picos más altos cubriendo de un velo blanquecino los pinos y las despellejadas rocas de basalto. La visión, entonces,  es algo mágico y misterioso. La atmósfera tan limpia ha hecho de este lugar un sitio privilegiado para la observación astronómica. Algunos días, cuando el cielo es transparente, podemos ver a lo lejos tres islas alineadas en el horizonte, Tenerife, La Gomera y El Hierro. Si hay nubes, éstas se depositan debajo de nosotros y la isla aparece a nuestros pies como algo irreal, como si ver­dadera­mente hubie­ra sido una seta gigante sur­giendo del océano, como dice la tradición popular. Desde el Roque de los Muchachos podemos divisar la isla desde distintos ángulos y contemplar la formación de grandes masas de nubes que llegan empujadas por los ali­sios y se quedan aprisionadas en las montañas en la cara oriental de la isla. En ocasiones, el alis­io, aprove­chando el Pa­sillo o Portón de Cumbre Nue­va, se des­borda hacia la zona del Valle de Aridane, ha­cia la fa­chada de sotavento, y allí, median­te el efecto Föhe, el viento se acelera de nuevo y las nubes se ex­panden y desa­pare­cen. Los días en que el ali­si­o es muy fuerte se forman cas­cadas de nubes que parecen desbordar las montañas pero que se deshacen poco antes de llegar a El Paso. Este es uno de los espectáculos más bellos que nos ofrece la isla.             El segundo viaje lo haremos hacia el sur, hacia los volcanes, pasando por Mazo en dirección hacia Fuencaliente. El pueblo de Mazo todavía conserva algunas joyas arquitectónicas y un centro de artesanía que merece la pena visitar para ver a las mujeres tejiendo mantas o cubrecamas en viejos telares y a las bordadoras hacer mantelerías al modo tradicional de la isla, sobre todo el bordado que llaman “rechi” y que es conocido como bordado palmero, fundamentalmente el de hebra color almendra sobre tela de hilo crudo y que no es otro que el Richelieu francés. Al salir del pueblo hay que dirigirse a Fuencaliente para hacer la ruta de los volcanes: los vol­canes de T­acan­de, Ta­huya, San An­tonio, El Char­co o Teneguía que ha sido el último en entrar en erupción (1971). Son vol­canes que des­de el siglo XV han ido dejan­do decenas de bocas apagadas y un reguero de lavas y mon­tañas de basalto, salpica­das de casas blan­cas tendidas al sol.Hay que bajar hasta el Faro atravesando esos mares de lava ya apagada que dan al paisaje un aspecto sobrecogedor como si caminaras por encima de la superficie de la luna y darse un chapuzón en el mar. Vuelvan al pueblo de Fuencaliente a comer o háganlo en esa playa en un chiringuito que hay a la orilla del mar. La playa es de piedra volcánica erosionada. Pero no impororta, con un buen par de zapatillas se soluciona. Vayan luego a tomar café a  Los Llanos de Aridane. Y si no quieren seguir viaje les recomiendo que se queden a dormir en el . centro del pueblo, en un pequeño hotel en el casco antiguo de la ciudad alrededor del cual pueden encontrar una serie de tiendas donde se venden los productos más originales y variopintos que uno pueda imaginar, desde ropa de lino, mermeladas caseras, peceras japonesas, hasta zapatos de firma y mecheros franceses en forma de pez. Y, entre compra y compra, puede uno pararse a tomar un café con “leche y leche” (mitad natural, mitad condensada) en el quiosco de la plaza debajo de unos enormes laureles de Indias. No lo olvidarán. Pero si deciden volver a Santa Cruz de La Palma, lo hacen por El Paso donde deben detenerse a visitar el Museo de la Seda en el que pueden ver cómo se hace la seda, cómo se tiñe con productos naturales y cómo esta artesanía, cuyos secretos han ido pasando de madres a hijas, se conserva aún en plena actividad. En el mismo lugar se pueden adquirir algunas de las piezas que hemos visto hacer momentos antes como pañuelos, chales, camisas, etc.            Al día siguiente hay que volver a cruzar el túnel hacia Los Llanos de Aridane, bajar a la playa de Tazacorte y pararse allí a comer pescado fresco (viejas, brotas, cabrillas…) con papas arrugadas y mojo de cilantro y un vino Teneguía blanco, muy frío. Luego, subir a El Time, pasar por Las Tricias y llegar a Puntagorda con tiempo suficiente para ver tranquilamente el atardecer y, si ha lugar, ver la isla de San Borondón que no ha visto casi nadie pero sí el Doctor Smaley, abogado de los Reales Consejos y párroco de Tijarafe que declara en 1730 haberla visto él y quince testigos más. Smaley la distingue de cual­quier otro fenómeno y testificó ante notario el hallazgo. Cuenta que al referirle el aconte­cimiento al párroco de Puntagorda, éste le había dicho que el mismo día y a la misma hora, él y sus feligreses habían visto esa tierra en el horizonte. Toda esta parte de la isla está llena de almendros y tuneras y los pueblos, como en el resto de la isla, aparecen desperdigados con las casas salpicando el paisaje, desde las cumbres al mar, de colores brillantes y flores de mil clases diferentes. La visita a La Caldera de Taburiente la haremos al día siguiente. Hay que salir al amanecer de Santa Cruz de La Palma y entrar en La Caldera por Tenerra, por el canal o por el Barranco de Las Angustias por el que Alonso Fernández de Lugo desembarcó el 29 de septiembre de 1492 con un nombramiento especial de los Reyes Católicos para llevar a cabo la conquista de la isla Palmaria. Le hizo frente Tanausú, señor de Aceró, jefe de las tribus instaladas en Taburiente, uno de los doce cantones o reinos en que estaba dividida Benahoare, nombre que daban a la isla los indígenas que en ella vivían. Benahoare significaba “mi tierra”y en ella se encontraba situada una gran hondonada, como de cráter gigante poblado de árboles y animales. Tanausú venció al invasor en el paso de Adamacausis, entrada natural de La Caldera que hoy día se conoce con el nombre de Cumbrecita. Fernández de Lugo envíó a Juan de La Palma a negociar con el rey de Aceró el cual impuso sus condiciones. Fernández de Lugo traicionó la palabra dada a los benahoritas y en el mismo paso de Adamacausis cortó la retirada a los aborígenes que habían acudido a parlamentar. Acosados y al límite de su resistencia, depusieron las armas. Tanausú fue hecho prisionero y se dejó morir camino del encierro. El resto de los cabecillas fueron ejecutados o hechos prisioneros y  conducidos a la esclavitud. Acerina, la mujer de Tanausú, pidió morir emparedada en una cueva de La Caldera al conocer la noticia de que su esposo había sido apresado por los invasores. En La Caldera se encuentran restos arqueológicos, principalmente grabados sobre roca que demuestran la existencia de esos aborígenes.             En 1954 La Caldera de Taburiente fue declarada Parque Nacional. y espacio natural protegido por la existencia en ella de ecosistemas que no han sido alterados por la penetración, explotación y ocupación humana; donde las especies vegetales y animales, así como los lugares y las formaciones geomorfológicas, tienen un destacado interés cultural; y porque en ella existen paisajes naturales de gran belleza. La Caldera de Taburiente, representa principalmente al ecosistema del pino canario, y  un alto número de especies endémicas. Además de la flora posee un paisaje espectacular con un circo de cumbres de 8 Km. de diámetro con desniveles de 2.000 m. y una red dendrítica de arroyos y torrentes que manifiestan una fuerte erosión hídrica. Los manantiales hacia el interior de La Caldera eran alrededor de 120. El agua que fluye de sus nacientes y galerías produce numerosas cascadas en sus descensos, lo que dan una nota de contraste en medio de un paisaje erosivo tan patente. Y si entras en ella caminando por los senderos tradicionales hasta llegar a Tenerra, el caminante verá de cerca cascadas y ríos, rincones de frescor y verdura increíble. La Defondada subiendo por el arroyo de Verdura Afonso. Los barrancos del Diablo, el arroyuelo de Taburiente de aguas heladas, La Cascada Alta. En el fondo de la Caldera los bosques de sauces crecen a la orilla de los ríos y en los días calurosos dan frescura a los que caminan por el interior de esta hoya gigante donde no se oye más que el sonido de los árboles, el canto del capirote, el grito de las grajas y el revoloteo constante de bandadas de palomas rabiches y bravías. A veces, en el pesado silencio, se oyen caer las piedras con un sonido bronco y extraño. Son los muflones que huyen ante el peligro humano, produciendo pequeños desprendimientos. El Arrui, conocido como muflón, es una especie introducida en la isla en contra de la opinión de algunos expertos que consideranon un grave error su llegada. Dada su condición es difícil verlos de cerca. 

            Para el último día dejamos la visita al santuario de Las Nieves, muy cerca de Santa Cruz de La Palma, a unos cinco quilómetros.                                  Al pasar por la carretera de Velhoco, ya de vuelta a Santa Cruz de La Palma deben pararse en el convento de las monjas del Cister. El edificio no tiene nada de particular excepto que es un buen lugar de descando, sin ruidos y rodeado de unos maravillosos caminos reales que pasan por su puerta y que le llevarán a los lugares más bellos que pueda imaginar. Pero lo que no deben olvidar es comprarse, antes de irse, los famosos “marquesotes” (bizcocho recubierto de azúcar escarchada, casi almíbar, que las monjitas preparan como los ángeles) y una botella de algunos de los licores que ellas preparan con los productos naturales de la isla: níspero, naranja, cañalimón y demás hierbas, y que nos llevaremos de la isla como recuerdo de sus olores, su frutos y sus flores y, así, no olvidarla nunca.

Elsa López

(National Geographic, noviembre 2006)                      


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