Extraño casamiento

Pues si, mi querida Migdalia, fui a la boda. ¡Cómo no hacerlo vista la insistencia de los padrinos en que lo hiciera! Fuime presta al desposorio y con mis mejores galas. Juro por el cielo que allí estaba yo, radiante, hermosa, con mi vieja mantilla de seda y rosetones amén de peineta y broche de oro en la entrada pertinente de los senos. Había gentes de toda clase y estamentos. Yo halleme algunos que jamás pensaras verlos en ceremonia tan increíble. Allí había capitanes generales y caballeros de familias ilustres, y marchantes y ricos hombres de la banca y del comercio, y damas de alta cuna y políticos de mucho renombre. Y amigos míos que también los había, pues ya sabes, mi querida amiga, que soy de buena boca y tengo relaciones con toda clase de gentes incluso entre aquellos que el vulgo ha dado en llamar políticos. Pero, ¿qué digo de gentes? aquello era mucho más que unos esponsales cualesquiera de tanta como encontreme en ceremonia tan distinta a cualesquiera de las vistas hasta hoy. ¡Tanto lujo! ¡Tanto donaire en los contrayentes! ¡Tal suerte de amor! Yo no salía de mi asombro. Sonriente y ceremonioso, aquel que dicen llamarse Mariano ofició con tal gracejo que todos nos hacíamos boca al verlo tan en su papel en la imposición de manos talmente empujando hacia arriba y hacia abajo y emparedando aquellas otras de los contrayentes como si temiese una huída de ambos dos. El novio, mano pequeña, dejándose conducir por el celebrante con la sonrisa algo más abierta que el resto y la distancia pertinente como preparado para salir corriendo. Que sí, que yo los vide. Y vide a Soria, osease el novio, que pareciese alejarse levemente de la novia y no interesarse por el apretamiento de manos o ayuntamiento de ambas partes.  La novia si, la novia, Migdalia, estaba radiante aunque algo molesta. Pienso si era el corpiño que le hacía ajustes en el vientre o quizá estreñimiento, no lo sé. Los que si andaban sobre pascuas eran los de atrás. ¡Qué felicidad! ¡Qué contentura la de Acebes y la de Zaplana! ¡Qué buen tono el de Matos! ¡Y qué ganas de salir en la foto y no alcanzar el plano el de los demás testigos!  Y, en fin, querida mía, que buenos esponsales parece hubiere si los contrayentes se amasen como inocentemente cree el vulgo. Pero yo me temo que esto dura poco y dura mal. Y por último, decirte que hay algo difícil de comprender para mis entendederas: ¿Por qué se casaron en la corte y villa de Madrid si el maridaje era tan canario y tan de nuestra nación canaria? Pregunto yo, que soy pobre pero algo leída.

 

Elsa López

Martes 10 de julio de 2007


A %d blogueros les gusta esto: