Paulino, no eres mi gran amor

Lo siento, querido, pero creo que ni siquiera eres el hombre de mi vida. No hay nada en ti que me sugiera atracción o enamoramiento. Se que lo has intentado todo para conquistarme: carteles, anuncios, sonrisas, gestos… Pero nada. Y no es por la altura, créeme. Julio Llamazares, tan pequeño a la hora de ocupar un espacio en el universo, es tan grande en mi corazón que llega a alcanzar alturas imprevisibles. No. No es eso, Paulino querido. Nunca he rechazado a un hombre por su altura. Bien al contrario, soy de las que creo que hay en los hombres bajitos cierta gracia a la hora de conquistar el mundo. Son alegres, ingeniosos, divertidos y galantes. Algo chulos a veces, pero como en el caso de Napoleón (por ponerte un caso que puede agradarte bastante) les sirve para intentar demostrar constantemente hasta dónde pueden llegar con su poder y sus ejércitos. No es tu caso, evidentemente, pero lo digo para entendernos y porque intento no parecer despectiva con los seres humanos de poca altura y para que comprendas que si no te amo es por razones puramente espirituales. No sé, hay algo en ti que no me acaba de convencer, algo sin definir y oscuro que me impide ser tuya. Y no es que ame a otro, no. A mi edad es difícil amar absolutamente, entregarse sin medida como hubiera hecho en otro tiempo aunque en ocasiones piense todo lo contrario. Pero ante las reiteradas muestras de afecto que has dado en mostrarme últimamente y ante la insistencia de tus desmedidos requerimientos, no tengo más remedio que ser sincera y algo dura contigo: no quiero que albergues esperanza alguna ni hagas planes de futuro conmigo. Creo, sinceramente, que no iría contigo ni a la puerta de casa aunque fueras el único ser vivo de la tierra. Creo que después de leer esta carta no habrá posibilidad alguna de entendimiento entre los dos ni me pedirás que te recite al oído los veinte poemas de amor de Pablo Neruda en un alarde progresista y conciliador ni me llevarás a nadar al prometido cielo de Las Teresitas ni me invitarás a pasear en velero por las contaminadas orillas del futuro Puerto de Granadilla ni querrás que te cante una triste folía. Por descontado que ya no podré asistir a una baile más de magos. Y sé, positivamente, que las cosas no irán bien entre tú y yo a partir de ahora. Eres rencoroso me han dicho, y poco dado a contrariedades. Sé, también lo sé, que ya nunca podrá existir algo entre los dos. Lo siento querido, pero intuyo que ni yo seré la mujer de tu vida ni tú serás nunca mi amado presidente.

 

                                                           Elsa López

Martes 19 de junio de 2007


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