Yo he votado esperanza

Es verdad que es lo último que se pierde. Es más, si la pierdes,  una y mil veces volverá de nuevo a ti. Así es. Yo la he perdido muchas veces, ya saben, cosas de la cabeza que anda en desacuerdo con los sentimientos del hombre; cosas de la vida, del trabajo, del ilusionarse políticamente, que acaban por traicionarnos. Hubo un tiempo en que me echaba a la calle y me pegaba como una lapa a todo lo que sonara a verdad y justicia, y cuando alguien me lo ofrecía me enganchaba a sus palabras como a un clavo ardiendo. Yo fui una de aquellas que creyó en el futuro y que votó por él. Yo fui de las que perdieron las ganas de volver a hacerlo cuando vieron sus creencias pisoteadas por los mismos que las habían abanderado; cuando se encontraba a los antiguos camaradas de lucha ocupando las poltronas del poder; mangoneando a su gusto en el enrejado de las oportunidades; controlando grupos de pensamiento para medrar con ellos.¡Y para qué seguir! El pequeño corazón de los humanos se resquebraja por cualquier cosa. Durante años fuimos vagando por caminos opuestos la esperanza y yo. Pero un día, me sentí tan culpable, tan asquerosamente culpable por haber sembrado en mi misma la desconfianza y el miedo, que volví atrás, retrocedí los años perdidos en bagatelas, y decidí concentrarme en volver a ser lo que fui. Ahora, después de andar de un lado para otro preguntando a la gente si había algo que mereciera la pena; después de indagar en artículos de opinión; bucear en los libros de ensayo sobre economía y asuntos sociales; apuntarme a partidos imaginarios o renovados y defender las causas que siempre he defendido con el mismo brío o quizás más, he votado de nuevo la esperanza. Mis amigos y parientes se preguntan qué me ha sucedido; por qué de pronto he renacido con esta alegría a la discusión sobre el bienestar de la ciudad; por qué ando por las ágoras y cotarros de opinión intentando convencer a los demás de que puede haber alguien que no desee pringarse, ni medrar, ni enriquecerse, ni asentar sus posaderas políticas sobre el cadáver de nadie. Alguien que de verdad quiera cambiar la ciudad, reinventarse avenidas hacia el mar y el horizonte sin estatuas ecuestres ni bustos inventados por el miedo. Que a lo mejor hay alguien que intenta convertir en música la calle y los grandes teatros en apaciguadores espacios de reunión a donde puedan acudir los que perdieron la  música y la voz para escucharse. Que a lo mejor no he buscado en vano y la esperanza tiene un nombre. O muchos más. O se llama, sencillamente, Jerónimo Saavedra.                                                Elsa López                                   Martes 29 de mayo de 2007


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